¿Por qué nos indignamos con los fraudes que
salen a la luz y, si podemos, omitimos ingresos en la declaración de la renta?
¿Por qué abominamos de los políticos corruptos y, sin embargo, no nos parece
mal engañar a la compañía aseguradora del coche? ¿Por qué ponemos el grito en
el cielo ante noticias sobre comisiones pagadas bajo cuerda y, en cambio, procuramos
pagar en negro al fontanero si nos deja? ¿Por qué hablamos de corrupción en un
caso y de picaresca en el otro?
No me lo podía creer. Un compañero de trabajo
me comentó hace poco que sabía de alguien que se había empadronado lo más lejos
posible para así poder tener plaza de aparcamiento en el trabajo. Resulta que
una de las circunstancias que se tienen en cuenta para otorgar las plazas de
aparcamiento en la empresa, siempre escasas, es esa: la distancia entre la
oficina y la casa de uno. Así que, empadronándose lo más lejos posible, las
posibilidades de obtener plaza de garaje aumentaban. Claro que ese ‘alguien’ no
vive donde está empadronado, vive mucho más cerca.
Hace ya unos años, me comentaron que era
práctica habitual omitir ingresos en la declaración de la renta para así poder
‘demostrar’ los ingresos bajos de la unidad familiar y tener así más
posibilidades de obtener plaza para el vástago en el colegio de preferencia.
Pero, claro, como Hacienda no es tonta, convenía hacer una declaración
complementaria con los ingresos correctos lo más rápidamente posible. Así, quedábamos
a bien con Hacienda y podíamos utilizar la primera declaración para lo del
colegio.
También me refirieron el caso de cierta
persona que había comprado un coche a nombre de un pariente minusválido para
beneficiarse de la exención de impuestos que lleva aparejada la condición de
minusválido.
Y mejor no hablemos de los que tienen chacha
en casa y no cotizan por ella a la Seguridad Social. O de los que pagan sin
factura al fontanero, al albañil o al pintor. O de los que incluyen en el parte
de accidentes del seguro del coche daños ajenos al accidente. O de los que…
[Completar la relación según la sensibilidad de cada uno].
Algunos lo llamarán tretas; otros, picaresca.
Habrá incluso quien hable de la idiosincrasia del español. ¡Zarandajas! Si no
es corrupción, es el primer paso de la corrupción. Y lo que más me sorprende y
encocora de todo esto es esa permisividad social: que nadie lo vea mal o, al
menos, que nadie lo vea ‘tan’ mal como para no intentar hacerlo también: si
esos lo hacen, por qué no voy a hacerlo yo también, ¡ea!.

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