¿Por qué?

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jueves, 1 de junio de 2017

La discriminación positiva es discriminación

¿Por qué le parece bien a la sociedad actual discriminar positivamente a las mujeres? ¿Por qué acepta la sociedad que las mujeres sean mejor tratadas que los hombres en determinadas circunstancias? ¿Por qué entra en juego el sexo en la discriminación positiva?


Hace unos años, muchos, el Ayuntamiento de Madrid ―creo que era el de Madrid― convocó unas oposiciones a barrendero ―no creo que ese fuera el nombre oficial del puesto, pero así nos entendemos rápidamente― en las que tenían preferencia las mujeres. No recuerdo cómo se plasmaba esa preferencia: si daban uno o varios puntos a cada mujer, por el hecho de serlo; si, en caso de empate en el resultado final entre un hombre y una mujer, la mujer adelantaba al hombre… No lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que la justificación de esa iniciativa era que la presencia de la mujer entre los barrenderos de Madrid era testimonial… y que eso tenía que mejorar. Mejorar, claro, en ese contexto, quería decir que la presencia de la mujer tenía que aumentar.

Hace unas semanas, pocas, la Generalitat Valenciana ha aprobado un plan de igualdad en el que, entre otras decisiones, se incluye que las mujeres adelanten a los hombres en caso de empate en los concursos y oposiciones de puestos en los que estén infrarrepresentadas.

Supongo que, tirando de hemeroteca, no sería difícil encontrar más ejemplos de discriminación positiva de las mujeres en lo que se llama la Administración Pública, pero con estos dos es más que suficiente para situar el asunto y saber de qué estamos hablando.

A mí, siempre me ha sorprendido bastante esta cuestión de la discriminación positiva por razón de sexo. Ya me pasó antaño, con lo del Ayuntamiento de Madrid, y me sigue pasando hogaño.

Entiendo, y comparto, la discriminación positiva en favor de grupos de personas vulnerables o desfavorecidas, como puede ser el caso de los discapacitados: veo bien que disfruten de determinados privilegios en concursos y oposiciones, me parece pertinente que tengan preferencia de acceso a determinados sitios, acepto que paguen menos impuestos o reciban ayudas para adaptar su vivienda…

Me cuesta mucho más entender la discriminación positiva en favor de otro tipo de colectivos. Por ejemplo, que los taxistas urbanos tengan un carril exclusivo por el que circular siempre me ha chirriado bastante: es darles privilegios a unos trabajadores de unas empresas privadas y no a otros. Los autobuses de transporte público, todavía; pero los taxis… Igual me pasa con los ciclistas urbanos: que tengan un carril exclusivo para ellos, nunca me ha gustado… ¡y eso que yo me beneficio una enormidad de esta medida!

Pero lo que no entiendo en absoluto es la discriminación positiva por razón de sexo: ni que las mujeres tengan preferencia para ser barrenderas, ni que tengan preferencia los hombres para ser comadrones.

Dice el diccionario de la RAE que ‘discriminar’ es “dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, etc.”. Para mí, la discriminación positiva por razón de sexo sigue siendo discriminación.

Creo en la igualdad entre mujeres y hombres… en el sentido que oí hace poco de labios de una mujer en la película ‘Libertarias’, de Vicente Aranda:

“Los hombres y las mujeres no son iguales, son equivalentes”.

Dice el diccionario de la RAE que ‘equivaler es “dicho de una persona o de una cosa: ser igual a otra en la estimación, valor, potencia o eficacia”. Pues eso.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Minusválidos invisibles

¿Por qué nos sentimos incómodos ante un minusválido? ¿Por qué, ante una persona en silla de ruedas, actuamos como si nos molestara? ¿Por qué nos cuesta ponernos en su lugar? ¿Por qué no hacemos por facilitarles la vida? ¿Por qué nos creemos superiores?



Aeropuerto, zona de embarque, fila de asientos con un símbolo de una silla de ruedas. Cualquiera es capaz de interpretar, sin demasiado esfuerzo, que estos asientos están reservados para personas con movilidad reducida, como las llaman ahora. Cualquiera menos ese joven demasiado musculado que está espatarrado en el asiento de la izquierda según se mira.

Mismo día, otra ciudad, otro aeropuerto, otros asientos reservados, otras personas —mujeres, ahora—, misma situación, aunque sin espatarramiento.

Gran ciudad, acera del centro, grupo de personas numeroso de cháchara taponando el paso, persona en silla de ruedas que se acerca. Cualquiera es capaz de ver que va a ser imposible que pase si nadie se mueve. Nadie se mueve.

Otro día, misma ciudad, acera parecida aunque en bajada, otro grupo de personas menos numeroso —solo tres—, misma situación. Una se mueve lo justito para dejar el paso justito… y se le oye chillar: ¡Cuidado! ¡Casi me das en la pierna!

Otro día, escenario similar pero de subida, paso de peatones con bordillo rebajado entre los dos bolardos existentes, pareja de jóvenes de frente. Si no se desvían ellas hacia un lado o no se para la persona en silla de ruedas, se van a chocar. Se para la persona en silla de ruedas.

Otro día, calle similar, mucha gente —demasiada—, circulación peatonal ralentizada, persona por detrás con prisa, adelantamiento imprudente, golpe en los pies de la persona en silla de ruedas.

Y así un día tras otro y el siguiente también.

Empiezo a creer que los minusválidos son invisibles, no porque no se dejen ver, sino porque no queremos verlos. Nadie quiere pensar que pueda llegar a ocurrirle a él, o a alguien cercano, eso de tener que vivir en una silla de ruedas. Eso les pasa a otros. Es posible, pero a veces pasa… más cerca. Y es entonces cuando nos damos cuenta de lo que eso supone. Mientras tanto, deberíamos procurar ser conscientes de lo que implica estar en una silla de ruedas y tratar de facilitarles un poco la vida, ¿no crees?

martes, 1 de noviembre de 2016

Maltratar animales

¿Por qué nos duele que alguien mate un león o un elefante en un safari y, en cambio, no dudamos en aplastar una mosca que nos está incordiando? ¿Por qué nos sentimos fatal ante el trato dado a los toros en las corridas de ídem y, en cambio, ni nos damos por enterados del trato que reciben los cobayas en los laboratorios? ¿Por qué la muerte de algunos animales nos impresiona tanto y, en cambio, somos indiferentes ante la muerte de muchos otros?


Vivimos en una época en la que la defensa de los animales está al orden del día. No solo maltratar animales, sino también matarlos, es algo inaceptable ya para muchas personas, también para muchas que no se declaran abiertamente ecologistas o animalistas. Hace ya tiempo que, además, se habla de los derechos de los animales. E incluso hay quien pretende que algunos animales tengan personalidad jurídica y hablan del concepto de persona no humana. Cosas todas ellas muy controvertidas. En cualquier caso, no hay duda de que la percepción de los animales entre los humanos ha cambiado. Sí, seguimos criándolos y matándolos para comer, seguimos explotándolos para que trabajen para nosotros, seguimos encerrándolos y usándolos como mascotas, pero cada vez aceptamos menos que sufran por diversión o por tradición.

Ahora bien, ese trato que no queremos que se dé a los animales, ¿incluye a cualquier bicho viviente? Me temo que no. Dicho en otras palabras: ¿nos sentimos igual de mal cuando se mata o se maltrata a un toro y a una gallina? Me sigo temiendo que no. Es muy probable que ni siquiera seamos conscientes de ello, pero está claro que nuestra concepción del maltrato o de la muerte inútil no abarca a todos los seres vivos. Seguramente sí a perros y gatos, e incluso a todos los mamíferos: no en vano son los animales más cercanos a los humanos en la escala biológica. Quizá también a unas cuantas aves: las que son susceptibles de convertirse en mascotas o algunas de gran tamaño… Hasta es probable que incluyamos a determinados peces, reptiles o anfibios. Pero seguro que los insectos nos dan igual, o casi. Y lo mismo los arácnidos. ¿Por qué? ¿Por qué esta discriminación animal? No creo que nadie lo sepa. Quizá tenga que ver con el hecho de que sean animales pequeños, diminutos algunos, o que sean feos, incluso repulsivos a la vista algunos… o vete tú a saber qué.

La cuestión es que en esto, como en muchas otras cosas, tenemos distintas varas de medir... y ni siquiera somos conscientes.

miércoles, 1 de junio de 2016

Solidaridad selectiva

¿Por qué guardamos un minuto de silencio en solidaridad con las víctimas de una catástrofe? ¿Por qué salimos a la puerta del centro de trabajo para solidarizarnos con las víctimas de un atentado terrorista? ¿Por qué hacemos eso solo con determinadas víctimas y no con todas? ¿Por qué actuamos así? ¿Por qué no nos damos cuenta de nuestras contradicciones?


De hecho, ¿qué queremos transmitir con estos gestos de, supuesta, solidaridad? Si la solidaridad consiste en pasar en silencio un minuto, bien podríamos solidarizarnos con todo tipo de víctimas: de catástrofes, de atentados, de despidos, de malos tratos, de abusos, de insultos, de robos, de atropellos, de palizas; víctimas de la pobreza, del hambre, de las guerras, de las enfermedades endémicas, del cáncer, de los accidentes de tráfico… Víctimas, las hay a montones; todo depende de la perspectiva con que se mire. Y un minuto no es demasiado. Así que bien podríamos potenciar más este tipo de actos: de pie, en silencio, delante de la puerta, con semblante compungido, un minuto… y vuelta para dentro. En total habremos estado unos… ¿10 minutos? pensando en las víctimas de lo que sea. Suficiente. Y a otra cosa.

Pero, ¿es eso solidaridad? Y si lo es, ¿para qué sirve esta solidaridad? Yo no tengo nada claro que sirva para algo… al menos a las víctimas. Las que estén muertas muertas seguirán; las heridas seguirán luchando por sanar y seguir viviendo; los familiares, igual de desesperados y desorientados que antes; quien haya perdido la casa seguirá al raso; los responsables de lo sucedido… ¡Ah! ¿Dónde andarán los responsables?

¿De verdad pensamos que ese minuto de silencio sirve para algo? Consuelo moral, dirá alguien. Sí, claro. Imagínate que has perdido una pierna y viene alguien  a proporcionarte consuelo moral. Lo que tú necesitas es una prótesis, quizá una silla de ruedas, probablemente adaptar la vivienda donde vives, seguramente cambiar de trabajo, buscar un medio de moverte por tu ciudad… ¡Y lo que te ofrecen es consuelo moral! O imagina que has perdido a tu hijo, o la casa donde vives, o… El consuelo moral vendrá muy bien cuando las necesidades básicas estén cubiertas. Mientras tanto, mejor proporcionar otra solidaridad más material, ¿no crees?

No hace tanto, hubo unas explosiones en Bruselas que produjeron varias víctimas: atentado terrorista. En mi empresa se promovió un minuto de silencio al mediodía. La gente salió a la puerta, un minuto y para dentro. Unos días después hubo otro atentado terrorista en Pakistán. ¿O era Afganistán? ¡Esos países tan lejanos! ¡Uno tiende a confundirlos! El caso es que hubo el doble de muertos que en Bruselas. ¿Promovió mi empresa un minuto de silencio? ¿A que ya te imaginas la respuesta?

No seamos hipócritas. Si nos 'solidarizamos' con Bruselas y no con Pakistán o Afganistán o lo-que-sea-tán, no es porque nos preocupen las víctimas, es porque vemos amenazada nuestra forma de vivir, nuestra civilización occidental, nuestro mundo perfecto. En el fondo, lo que queremos es librarnos, que no nos pase a nosotros lo de Bruselas o lo de París, por citar experiencias traumáticas cercanas. A las víctimas las olvidamos pronto; el miedo, el terror, la inseguridad, la impotencia tardan más tiempo en irse.

viernes, 1 de abril de 2016

Políticamente correcto, lingüísticamente estulto

¿Por qué a muchos políticos les da por decir 'ciudadanos y ciudadanas', ‘españoles y españolas’, 'trabajadores y trabajadoras'… en sus intervenciones públicas? ¿Por qué alguno ha discurseado hablando de 'nosotros y nosotras'? ¿Por qué incluso a algún otro se le ha oído decir 'muchos y muchas'? ¿Por qué muchos periodistas hablan de 'subsaharianos'  o de 'afroamericanos' en vez de decir 'negros'? ¿Por qué se empeñan en utilizar palabras y expresiones alejadas del lenguaje común? ¿Por qué no son capaces de darse cuenta de que hacen el ridículo más que nada?


Esta reflexión tiene dos vertientes. La primera está causada por esa pretensión que tienen ciertos políticos supuestamente progresistas de querer evitar una malentendida discriminación hacia las mujeres en sus discursos: si digo ‘españoles’, me echaran en cara que me olvido de las mujeres, así que voy a decir ‘españoles y españolas’; si menciono a los ‘trabajadores’, me dirán que qué pasa con las mujeres que trabajan, así que diré ‘trabajadores y trabajadoras’...

La segunda viene al hilo de la elección de la primera diputada negra al Parlamento de España. Se trata de una mujer española nacida en Guinea Ecuatorial, que, como probablemente muchos ya habrán olvidado o quizá no hayan llegado a saber nunca, fue una provincia —más bien, colonia— española. Todos los medios de comunicación resaltaron que se trataba de la primera diputada ‘negra’ de España. Nada de ‘subsahariana’. ‘Negra’, con todas las letras y sin maquillajes. ¿Quiere eso decir que ya se han percatado de la estulticia que supone decir ‘subsahariano’ en vez de ‘negro’? No creo, Estos mismos medios de comunicación siguen hablando de 'subsaharianos' cuando se trata de noticias relacionadas con pateras, naufragios, inmigración ilegal, etcétera. Y también hablan de ‘afroamericanos’ cuando son noticias que proceden de Estados Unidos, básicamente. Señores directores, señores redactores jefe, ¿dónde queda la coherencia en su medio de comunicación?

En cualquier caso, no deja de será una buena noticia que, aunque sea por una vez, se hayan olvidado de lo que se define como políticamente correcto y hablen como el resto de los mortales. Sería de esperar que el ejemplo cundiera en más ocasiones e, incluso, en otros ámbitos de la sociedad. Pero, al parecer, lo que se avecina es la tendencia contraria: un museo de Ámsterdam (Países Bajos), el Rijksmuseum, va a modificar los títulos de unas 300 obras para que 23 palabras que consideran despectivas desaparezcan. Entre ellas está negro, cafre, indio, enano, esquimal, moro, mahometano…Mucho me temo que esta tendencia no tarde en ser calcada en otros lugares del orbe. Veremos.

Volviendo ahora a la primera vertiente de la reflexión inicial, la de la discriminación hacia las mujeres, que se me ha quedado algo retrasada, me permito decir que demuestra una estulticia rayana en lo absurdo. Básicamente, por dos cosas: una, porque mencionar siempre la pareja de vocablos, en masculino y en femenino, hace muy pesado el discurso y, por ende, muy pesado al discursero; dos, porque, por mucha atención que ponga el discursero, es más que probable que se le escape alguna pareja, con lo que, además de pesado, quedará como un inculto.

Un ejemplo de Pedro Sánchez:


Lo de ‘compañeros y compañeras’ lo tiene clarísimo: lo repite cuatro veces. También lo de amigos y ‘amigas’. Sin embargo, patina en lo de ‘españoles y españolas’: en un caso, indica los dos artículos; en otro, solo el masculino. Sigue patinando en lo de ‘todos y todas’: a veces pone los dos; otras veces se olvida del femenino. Vuelve a patinar en ‘nosotros’, ya que se olvida completamente de ‘nosotras’. Y se pega el batacazo con la expresión ‘de todos y de todas los españoles y las españolas’: sí, indica los dos géneros gramaticales… pero ¡la estructura es una aberración!

En definitiva, un discurso pesado, del que tienes ganas de huir tras escuchar o leer un par de párrafos. ¿Cómo es que no son capaces de verlo estos personajes públicos? ¿Acaso se expresan así también en su vida privada: mis hijos y mis hijas, mi mujer y yo nos vamos de fin de semana a casa de los abuelos y las abuelas? ¡Apostaría un cuérrago a que no!

Con ánimo de ayudarles a solucionar este conflicto permanente en el que se desarrolla su existencia, me permito sugerirles lo siguiente: ¡utilicen la vocal i para indicar que una palabra es neutra, que no tiene marca ni de masculino ni de femenino! Digan, pues: “Gracias de corazón, compañeris. Gracias a todis. Lis españolis están muy pendientis de nosotris, queridis amiguis…”.

¡Quién sabe! ¡Igual la RAE termina por dar su aquiescencia a esta fórmula!