¿Por qué?

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martes, 1 de agosto de 2017

Inteligencia artificial y responsabilidad

¿Por qué no nos preocupa el auge que está teniendo la producción de máquinas inteligentes? ¿Por qué pensamos que la proliferación de robots solo puede traernos beneficios, incrementar nuestro bienestar y mejorar nuestro modo de vida? ¿Por qué no vemos las señales que van llegando? ¿Por qué no se habla más de la irresponsabilidad de la inteligencia artificial?



Hace ya un porrón de años que una máquina fue capaz de derrotar al campeón del mundo de ajedrez en una partida. Ahora, ha ocurrido lo mismo con el mejor jugador de go del mundo. Ajedrez y go son dos de los juegos de estrategia más complejos que existen, por eso las grandes empresas informáticas no han dudado en invertir muchísimo dinero para conseguir máquinas ‘inteligentes’ capaces de vencer a los seres humanos más inteligentes. ‘Si alguna vez logramos crear una máquina que gane al campeón del mundo de ajedrez o al mejor jugador de go del mundo, qué no seremos capaces de hacer’, debieron de pensar los gerifaltes de esas empresas. Y así ha sido. La inteligencia artificial no se ha quedado relegada a los juegos de mesa, sino que ya empieza a formar parte de nuestras vidas… o así será dentro de poco. ¡¡¡Y nadie se ocupa de establecer los límites!!!

Se habla de máquina inteligente, o inteligencia artificial, cuando una máquina es capaz de tomar decisiones por su cuenta, sin necesidad de intervención humana. Digámoslo así: los humanos la diseñaron, la fabricaron, la programaron… y la soltaron al mundo. En realidad, salvando las distancias, es algo similar a lo que hacen los humanos cuando tienen un hijo: planifican el embarazo, crían al retoño, lo educan… y lo sueltan al mundo. En este sentido, visto desde la perspectiva de la inteligencia, máquina y retoño serían lo mismo: dos entes inteligentes, autónomos y con capacidad para tomar decisiones. Ahora bien, ¿qué ocurre con la responsabilidad? La del retoño parece clara: cuando cumple la edad legal, el responsable de sus actos es él; hasta que cumple la edad legal, la responsabilidad recae en los padres. ¿Y con la máquina qué pasa? Ése es uno de los intríngulis de la inteligencia artificial: ¿quién es responsable de los actos de una máquina capaz de tomar decisiones por su cuenta? Veámoslo con un ejemplo: los coches inteligentes.

¿Que no has oído hablar de los coches inteligentes? Sí, hombre, son coches que, a no tardar mucho, circularán por las carreteras sin que nadie los conduzca y permitirán a sus ocupantes dormir durante el trayecto o echar una partida de ajedrez, por ejemplo, sin preocuparse de atender a las circunstancias del tráfico. Hace tiempo que se viene hablando de ellos. Ya existen algunos prototipos que se están probando en condiciones de circulación reales. E incluso ya ha habido algunos accidentes de tráfico con estos coches involucrados. Y ahí llega el lío: si un coche inteligente ha tomado una decisión que ha causado el accidente, ¿quién es el responsable de los daños: el (no-)conductor, el propietario, el fabricante? Cuando el culpable del accidente es un humano, la responsabilidad es también suya, esto está claro. ¿Qué pasa con una máquina inteligente? Eso no está nada claro, pero nada de nada.

Por cierto, hay algunas voces que empiezan a hablar también de la moralidad de la inteligencia artificial. Siguiendo con el ejemplo del coche, ¿debería estar programado para salvaguardar a toda costa la integridad física de su único ocupante, aunque eso signifique atropellar, por ejemplo, a 5 personas que están cruzando indebidamente la carretera o debería estar programado con criterios morales que le hagan optar por el mal menor? That is the question! Responsabilidad y moralidad… no parecen cuadrar mucho con artificial, ¿no? Veremos.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Ciclistas prepotentes

¿Por qué te paras encima del paso de peatones impidiéndome pasar? ¿Por qué vas por la acera tan deprisa como si fueras por la calle y me obligas a apartarme? ¿Por qué respetas tan poco a los peatones? ¿Por qué te comportas así?


El refrán aquel de "el pez grande se come al chico" es una verdad como un templo… también en lo que respecta al tráfico en las ciudades: autocares, autobuses y camionetas —y los pocos camiones que se aventuran por las calles de la gran ciudad— imponen su grandiosidad a coches, motos y bicicletas; los coches se imponen a las motos y a las bicicletas, y todos juntos se imponen, como no, a los peatones. Tenga razón o no, el grande pisotea al chico. Estén las normas de tráfico a su favor o no, el grande aplasta al chico. Pero eso no quiere decir que el chico no se rebele cuando esté en su mano hacerlo, que no aproveche cualquier resquicio para darle la vuelta a la tortilla cuando pueda y devolverle la pelota al grande: los peatones cruzan las calles no solo por los pasos de peatones establecidos; las motos y las bicicletas adelantan a los coches parados en los semáforos y se ponen delante de ellos, por poner solo un par de ejemplos. Muchas de estas acciones no son normativas, no están amparadas por la norma, pero la costumbre las está volviendo normales.

Hoy quiero hablar de las bicicletas; bueno, de los 'biciclistas', mejor dicho, que las bicicletas no tienen ninguna culpa ellas. Hace ya algún tiempo que se han puesto de moda para desplazarse por la ciudad. Es más, en muchas ciudades incluso existe un servicio público de bicicletas a disposición de la gente. Los políticos han hecho de la bicicleta en la ciudad un símbolo de modernidad, movilidad, sostenibilidad, respeto al medioambiente... En fin, todas las grandes palabras que están de moda. Pero, al igual que ocurre desde siempre con los automovilistas, a los políticos también se les ha olvidado hacer alguna campaña de pedagogía sobre las maneras de los ciclistas, sobre cuál debe ser su comportamiento. Sí, explicarles que, aunque no se les exige aprobar un examen sobre las normas de circulación para obtener un carné que les permita conducir una bicicleta por la ciudad, eso no quiere decir que no deban saberse las normas y, lo que es más importante, aplicarlas. Sí, sí, ya sé: ni todos los conductores de coches, ni todos los motociclistas respetan todas las normas. Se ve cada cosa en las calles, ¿verdad?, que uno no se explica cómo no hay más accidentes. En fin.

Por lo que respecta a los ciclistas, creo que son pocos los que tienen consciencia de su debilidad entre los 'peces grandes' del tráfico. Si fueran conscientes de que su 'carrocería' no es capaz de resistir una abolladura, ni siquiera una mínima rozadura, sin tener que pasar por el 'taller' (léase, hospital o centro de salud), creo que actuarían de otro modo en las calles. Por eso me cuesta entender que muchos se comporten de la manera que se comportan con los peatones. Los tratan como si los peatones fueran el 'pez chico' y ellos, los ciclistas, el 'pez gordo'; es decir, repiten el mismo esquema de dominación que ellos sufren. ¿Acaso no lo ven?: como el tráfico está atascado, me subo a la acera para adelantar y que se vayan apartando los peatones; si me meto por esta calle prohibida puedo atajar el recorrido, así que me subo a la acera y, además, voy a toda mecha; como los coches están parados en el semáforo, me coloco delante del todo encima del paso de peatones para salir el primero cuando el semáforo se ponga verde... o antes si se tercia; etcétera.

Un poco más de respeto por el peatón, por favor. Ni más ni menos que el mismo respeto que los ciclistas exigimos de los conductores de coches y motociclistas. No seas prepotente. Sé amable y respetuoso. Verás cómo vives mejor. Te lo dice un ciclista que lleva 14 años montando en bicicleta por la gran ciudad y que ha circulado sin carriles bici, sin ciclocarriles, sin calles a 30 km/h, sin aceras bici... y, muchas veces, sin el respeto de los demás usuarios de la vía.

Simplemente, hazte una pregunta: ¿por qué te mueves en bici?

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Tráfico: yo, primero

¿Por qué aparcas la moto atravesada en la acera? ¿Por qué dejas la furgoneta encima del paso de ciclistas y peatones? ¿Por qué vas en bicicleta a velocidad de suicida por la acera? ¿Por qué no respetas el semáforo? ¿Por qué me adelantas casi rozándome? ¿Por qué no pones el intermitente para indicarme la maniobra que vas a hacer? ¿Por qué cruzas la calle antes de que se ponga verde el semáforo? ¿Por qué te paras pisando el paso de peatones? ¿Por qué te cuesta tanto respetar las normas de tráfico?


Estaba yo parado en un semáforo en rojo. Había tres carriles: en el de la derecha, en el que yo estaba, había una flecha doble que señalaba hacia delante y hacia la derecha; en los otros dos, la flecha señalaba hacia delante. A mi lado, en el carril central, se había parado un taxi. Cuando el semáforo se puso en verde, yo seguí hacia delante, que era mi camino. El taxi, que quería torcer a la derecha, tuvo que parar y esperar a que yo terminara de pasar para poder ir a la derecha cruzando mi carril. Cuando terminó de pasar, me pareció oír al taxista decir por su ventanilla abierta algo así como “Siempre os colocáis en el sitio más complicado para hacer la maniobra”. ¡De verdad! ¡¡Dijo eso!! Quizá no eran esas mismas palabras, pero el sentido de la frase era ese. Y cada vez que lo recuerdo, me pregunto si ese taxista estaba escuchando lo que estaba diciendo. ¡Qué disparate! En fin, imagino que el hecho de que yo fuera en bicicleta no tuvo nada que ver en el asunto. Corramos un tupido velo.

La cuestión es que muchas de las personas que circulan por la ciudad se consideran con derecho a hacer lo que quieran… o casi. Y, bueno, eso no debería ser así. Las normas, al menos las de tráfico, no están para fastidiar a nadie. Simplemente son una forma de regular un asunto que, de lo contrario, sería el caos más caótico que pueda darse. Si ya así la cosa va como va, imagínate…

He visto coches saltarse un semáforo en rojo como descosidos y tener que pararse cincuenta metros después en el siguiente semáforo en rojo. He visto bicicletas saltarse un semáforo en rojo tras otro. He visto motos pararse en un semáforo delante de los coches invadiendo el paso de peatones y obligar a los peatones a tener que sortearlas para poder pasar. He visto peatones cruzando en rojo sin mirar y lograr sortear por un palmo al vehículo que tenía el semáforo en verde. He visto cabezas tractoras enormes saltarse un ceda el paso y frenar justo a un palmo del vehículo que tenía preferencia de paso. He visto un coche de la policía saltarse un ceda el paso y ni siquiera ver el vehículo que tenía preferencia de paso. He visto bicicletas subir y bajar de la acera como si fuera un carril más. He visto coches pararse en doble fila para ir a tomar un café. He visto motos adelantar en zigzag pasando de un carril a otro sin intermitentes ni señal de ninguna clase. He visto autobuses adelantar sin medir bien la distancia obligando al otro vehículo a frenar para no estamparse. He visto bicicletas saltarse un semáforo en rojo y, encima, increpar al vehículo que casi las atropella. He visto… tantas incorrecciones que uno se pregunta cómo no hay más accidentes de los que hay.

Y ¿por qué? No creo que ninguno de los infractores, llamemósles así, tenga una respuesta coherente. No creo que sea por llegar antes: después de un semáforo en rojo siempre habrá otro, por lo que no sirve de nada saltárselo. No, no es por eso. Yo creo que simplemente es algo que está en la naturaleza humana. Viene a ser algo así como lo hago porque quiero y porque puedo: primero, yo; y después… lo que venga después ya no me importa.