¿Por qué?

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domingo, 1 de enero de 2017

Democracia escamoteada

¿Por qué puede ser alguien presidente sin haber obtenido la mayoría de los votos? ¿Por qué se toman algunas decisiones políticas democráticas saltándose la democracia? ¿Por qué a nadie parece preocupar ese déficit democrático? ¿Por qué nos dejamos escamotear la democracia sin decir ni mu?

Candidato
a presidente
Partido
Voto
popular
Porcentaje
Hillary Clinton
Demócrata
65.844.610
48,06%
Donald Trump
Republicano
62.979.636
45,97%
Gary Johnson
Libertario
4.488.912
3,28%
Jill Stein
Verde
1.457.038
1,06%
Evan McMullin
Independiente
725.196
0,53%
Otros
-
1.517.152
1,10%
TOTAL

136.907.285
100,00%

Durante la vorágine que siguió al 'trumpazo' que se pegaron los estadounidenses en las elecciones presidenciales de noviembre, se dijeron muchas cosas: analistas sesudos intentaron hacernos comprender las causas de semejante resultado, nos explicaron las consecuencias que podía tener para todo el mundo, se lanzaron a predecir comportamientos del futuro presidente… En fin, todo lo esperado tras un resultado, digámoslo así, incorrecto, según las mentes mediáticas más preclaras. Vamos: más o menos lo mismo que sucedió cuando los reinounidenses se sirvieron un 'brexit' unos meses antes. 

A mí lo que más me sorprendió de toda esa vorágine fue no oír a nadie profundizar en el hecho de que quien ganó las elecciones obtuvo 3.000.000 de votos menos que otro candidato. (Sí, digo 'otro candidato' —candidata, en este caso— y no 'el otro candidato' y digo bien: aunque no se informe de ello y a nadie parezca interesarle, había más de dos candidatos en liza). Sí nos explicaron que esas elecciones en ese país no son elecciones directas sino indirectas; es decir, que no gana el que más ‘votos populares’ obtiene en total, sino el que más 'votos electorales' obtiene: cada circunscripción electoral tiene un determinado número de compromisarios (votos electorales lo llaman) según el número de habitantes y quien gana en la circunscripción, aunque sea por un solo voto de diferencia, se lleva todos los compromisarios, que una votación posterior, elegirán al presidente. Sí, la explicación nos la dieron, pero nadie se paró ni mucho ni poco a analizar el asunto ni profundizó en él. Porque, ¿qué dirías tú si en las elecciones al Congreso de los Diputados en España se aplicara el mismo método?; es decir, ¿que la candidatura que sacara más votos en la circunscripción de Madrid, por ejemplo, se llevara los 36 escaños independientemente de los votos obtenidos por las otras candidaturas? ¿No te sonaría un poco raro? ¿No te parecería un despropósito? ¿No pensarías que te estaban escatimando la democracia?, ¿que esos 36 diputados no podían representar de ninguna manera a los tres millones y medio de electores de Madrid?

Yo no oí nada al respecto: nadie comentó nada, nadie se extrañó, nadie dijo ni pío. Nada. ¿Por qué? ¡Ay, amigo! Porque es algo a lo que ya nos tienen acostumbrados… inconscientemente. Sin darnos cuenta, nos lo van colando de rondón los políticos también en España. Con un par de ejemplos recientes lo entenderás.

23 de octubre de 2016. Comité Federal del PSOE para decidir qué votar en la investidura de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno: 139 votos a favor de la abstención y 96 a favor del no; es decir, el 60 % a favor de la abstención y el 40 % a favor del no. La decisión que se toma es que los 83 diputados del PSOE (es decir, el 100 %) voten abstención. ¿No habría sido más democrático que 50 diputados (el 60 %) votaran abstención y 33 diputados (el 40 %) votaran no?

27 de diciembre de 2015. Asamblea Nacional de la CUP para decidir qué votar en la investidura de Artur Mas como presidente de la Generalitat: 1.515 votos a favor del sí y 1.515 votos a favor del no. Empate. La decisión se pospone a una reunión posterior de los órganos de dirección. ¿No habría sido más democrático que 5 de los 10 diputados votaran sí y otros 5 diputados votaran no?

Vale: si se trata de una votación que solo puede tener un resultado, no queda otro remedio que quedarse con la opción mayoritaria. Pero en una votación con varias opciones, ¿qué necesidad hay de escamotear la democracia?  Seamos coherentes, por favor.

lunes, 1 de agosto de 2016

La democracia, mejor sin apellidos

¿Por qué, a raíz del resultado del referéndum del Brexit, muchas voces cuestionan la legitimidad de las consultas directas a los ciudadanos? ¿Por qué ahora resulta que los referéndums no son ya tan democráticos? ¿Por qué, si la democracia es ‘el poder del pueblo’, que el pueblo ejerza ese poder de manera directa no es democrático? ¿Por qué tanto cinismo?


Las empresas que quieren tener éxito en los negocios o bien están regidas por mentes tan innovadoras que son capaces de imaginar, y crear, productos o servicios que los demás ni siquiera podemos imaginarnos que vayamos a necesitar, o bien han conseguido averiguar, normalmente gastando mucho dinero en estudios de mercado, qué necesita la gente y cómo ofrecérselo. Parece evidente que, si alguien monta una cafetería en su barrio, en el que ya hay otras treinta, no vaya a tener el éxito asegurado, por decirlo suavemente. Le habría bastado hacer un somero estudio de mercado para darse cuenta, por poner un ejemplo, de que era una idea mucho mejor montar una pastelería, porque no hay ni una en el barrio. Pues lo mismo ocurre con cualquier otro producto fabricado y diseñado en un laboratorio sin tener en cuenta las necesidades o los requerimientos de los consumidores, que son los que, en definitiva, tendrán la última palabra: no tienen el éxito asegurado ni mucho menos, por decirlo suavemente.

Esta estrategia, que, dicho sea de paso, por sí sola tampoco garantiza el éxito empresarial, no suele ser seguida casi nunca por los partidos políticos. Pocos partidos políticos hacen su programa electoral tras haber hecho un estudio de lo que quiere la gente. Hacen su producto en su laboratorio de ideas y, luego, tratan de venderlo en el mercado en competencia con los productos de otros partidos políticos. ¡Y así nos va!

Y por una vez que a un político con mando en plaza le da por hacerlo, todo el mundo político y mediático lo crucifica: que qué insensatez convocar el referéndum; que si los referéndums los carga el diablo; que si tú preguntas una cosa y la gente contesta otra; que dónde se ha visto eso de gobernar a golpe de referéndum; que para qué sirven, entonces, los parlamentos; etcétera. Claro que me supongo yo que lo que trae a mal traer a todos estos crucificadores políticos y mediáticos no es el referéndum en sí, sino su resultado, contrario a sus expectativas, me supongo yo.

Lo que han pretendido hacer estos críticos crucificadores es contraponer democracia representativa a democracia directa. La primera, que supone elegir cada cuatro años a nuestros representantes, que, luego, van a tomar las decisiones, es la buena. La segunda, que supone tomar directamente algunas decisiones en cuestiones de gran importancia e impacto, es la mala.

Señores: en origen, la democracia es ‘el poder del pueblo’ y, cuando el pueblo ejerce ese poder directamente, es la actuación más democrática del mundo. Sin ambages y sin peros. No olviden ustedes ese periodo no tan lejano de la historia de España, ese que llamamos dictadura: en aquella época, se le daba el nombre de democracia, democracia orgánica.

La democracia, cuantos menos apellidos tenga, mejor. Y la democracia directa se parece mucho a la democracia sin apellidos, por no decir que es lo mismo. No lo olvidemos.