¿Por qué?

¿Por qué?

lunes, 1 de agosto de 2016

La democracia, mejor sin apellidos

¿Por qué, a raíz del resultado del referéndum del Brexit, muchas voces cuestionan la legitimidad de las consultas directas a los ciudadanos? ¿Por qué ahora resulta que los referéndums no son ya tan democráticos? ¿Por qué, si la democracia es ‘el poder del pueblo’, que el pueblo ejerza ese poder de manera directa no es democrático? ¿Por qué tanto cinismo?


Las empresas que quieren tener éxito en los negocios o bien están regidas por mentes tan innovadoras que son capaces de imaginar, y crear, productos o servicios que los demás ni siquiera podemos imaginarnos que vayamos a necesitar, o bien han conseguido averiguar, normalmente gastando mucho dinero en estudios de mercado, qué necesita la gente y cómo ofrecérselo. Parece evidente que, si alguien monta una cafetería en su barrio, en el que ya hay otras treinta, no vaya a tener el éxito asegurado, por decirlo suavemente. Le habría bastado hacer un somero estudio de mercado para darse cuenta, por poner un ejemplo, de que era una idea mucho mejor montar una pastelería, porque no hay ni una en el barrio. Pues lo mismo ocurre con cualquier otro producto fabricado y diseñado en un laboratorio sin tener en cuenta las necesidades o los requerimientos de los consumidores, que son los que, en definitiva, tendrán la última palabra: no tienen el éxito asegurado ni mucho menos, por decirlo suavemente.

Esta estrategia, que, dicho sea de paso, por sí sola tampoco garantiza el éxito empresarial, no suele ser seguida casi nunca por los partidos políticos. Pocos partidos políticos hacen su programa electoral tras haber hecho un estudio de lo que quiere la gente. Hacen su producto en su laboratorio de ideas y, luego, tratan de venderlo en el mercado en competencia con los productos de otros partidos políticos. ¡Y así nos va!

Y por una vez que a un político con mando en plaza le da por hacerlo, todo el mundo político y mediático lo crucifica: que qué insensatez convocar el referéndum; que si los referéndums los carga el diablo; que si tú preguntas una cosa y la gente contesta otra; que dónde se ha visto eso de gobernar a golpe de referéndum; que para qué sirven, entonces, los parlamentos; etcétera. Claro que me supongo yo que lo que trae a mal traer a todos estos crucificadores políticos y mediáticos no es el referéndum en sí, sino su resultado, contrario a sus expectativas, me supongo yo.

Lo que han pretendido hacer estos críticos crucificadores es contraponer democracia representativa a democracia directa. La primera, que supone elegir cada cuatro años a nuestros representantes, que, luego, van a tomar las decisiones, es la buena. La segunda, que supone tomar directamente algunas decisiones en cuestiones de gran importancia e impacto, es la mala.

Señores: en origen, la democracia es ‘el poder del pueblo’ y, cuando el pueblo ejerce ese poder directamente, es la actuación más democrática del mundo. Sin ambages y sin peros. No olviden ustedes ese periodo no tan lejano de la historia de España, ese que llamamos dictadura: en aquella época, se le daba el nombre de democracia, democracia orgánica.

La democracia, cuantos menos apellidos tenga, mejor. Y la democracia directa se parece mucho a la democracia sin apellidos, por no decir que es lo mismo. No lo olvidemos.

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