¿Por
qué, a raíz del resultado del referéndum del Brexit, muchas voces cuestionan la
legitimidad de las consultas directas a los ciudadanos? ¿Por qué ahora resulta
que los referéndums no son ya tan democráticos? ¿Por qué, si la democracia es ‘el
poder del pueblo’, que el pueblo ejerza ese poder de manera directa no es
democrático? ¿Por qué tanto cinismo?
Las
empresas que quieren tener éxito en los negocios o bien están regidas por
mentes tan innovadoras que son capaces de imaginar, y crear, productos o
servicios que los demás ni siquiera podemos imaginarnos que vayamos a
necesitar, o bien han conseguido averiguar, normalmente gastando mucho dinero
en estudios de mercado, qué necesita la gente y cómo ofrecérselo. Parece
evidente que, si alguien monta una cafetería en su barrio, en el que ya hay
otras treinta, no vaya a tener el éxito asegurado, por decirlo suavemente. Le
habría bastado hacer un somero estudio de mercado para darse cuenta, por poner
un ejemplo, de que era una idea mucho mejor montar una pastelería, porque no
hay ni una en el barrio. Pues lo mismo ocurre con cualquier otro producto
fabricado y diseñado en un laboratorio sin tener en cuenta las necesidades o
los requerimientos de los consumidores, que son los que, en definitiva, tendrán
la última palabra: no tienen el éxito asegurado ni mucho menos, por decirlo
suavemente.
Esta
estrategia, que, dicho sea de paso, por sí sola tampoco garantiza el éxito
empresarial, no suele ser seguida casi nunca por los partidos políticos. Pocos
partidos políticos hacen su programa electoral tras haber hecho un estudio de
lo que quiere la gente. Hacen su producto en su laboratorio de ideas y, luego,
tratan de venderlo en el mercado en competencia con los productos de otros
partidos políticos. ¡Y así nos va!
Y
por una vez que a un político con mando en plaza le da por hacerlo, todo el
mundo político y mediático lo crucifica: que qué insensatez convocar el
referéndum; que si los referéndums los carga el diablo; que si tú preguntas una
cosa y la gente contesta otra; que dónde se ha visto eso de gobernar a golpe de
referéndum; que para qué sirven, entonces, los parlamentos; etcétera. Claro que
me supongo yo que lo que trae a mal traer a todos estos crucificadores
políticos y mediáticos no es el referéndum en sí, sino su resultado, contrario
a sus expectativas, me supongo yo.
Lo
que han pretendido hacer estos críticos crucificadores es contraponer
democracia representativa a democracia directa. La primera, que supone elegir
cada cuatro años a nuestros representantes, que, luego, van a tomar las
decisiones, es la buena. La segunda, que supone tomar directamente algunas
decisiones en cuestiones de gran importancia e impacto, es la mala.
Señores:
en origen, la democracia es ‘el poder del pueblo’ y, cuando el pueblo ejerce
ese poder directamente, es la actuación más democrática del mundo. Sin ambages
y sin peros. No olviden ustedes ese periodo no tan lejano de la historia de
España, ese que llamamos dictadura: en aquella época, se le daba el nombre de
democracia, democracia orgánica.
La
democracia, cuantos menos apellidos tenga, mejor. Y la democracia directa se
parece mucho a la democracia sin apellidos, por no decir que es lo mismo. No lo
olvidemos.

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