¿Por
qué nos alegramos tanto por los éxitos de deportistas que ni siquiera
conocemos? ¿Por qué, de repente, somos forofos de deportes que ni siquiera
sabíamos que existían? ¿Por qué parece que nos corresponde una parte de cada medalla
que un deportista español consigue? ¿Por qué no sentimos el mismo orgullo por
los éxitos científicos o artísticos de otros compatriotas? ¿Por qué el deporte
tiene esa peculiaridad?
Estábamos
en una terraza tomándonos una horchata y dijo:
—
Hemos ganado una medalla de oro en piragüismo.
—
¿Quién ha sido? ¿En qué prueba?
—
Pues no sé.
A
partir de ahí ya no presté mucha más atención a lo que siguió: que si ya
llevábamos no sé cuántas medallas, que si todavía podíamos conseguir algunas
más en…
No
hice caso. Me quedé pensando en qué lleva a una persona que jamás ha mostrado
el menor interés en asuntos deportivos a estar tan interesada. Por el deporte
en sí no es: no tiene ni idea de la prueba objeto del triunfo ni, me imagino,
de qué otras pruebas hay ni qué otros deportes existen. Por los deportistas
tampoco es: ni los conoce ni siquiera sabe cómo se llaman ni de dónde son.
¿Entonces? Solo queda pensar que es por la españolidad, por el hecho de que se
trata de un deportista español, vaya: es español, es compatriota mío y, por
asimilación, es como si yo también ganara.
Es
algo que refleja muy bien un chiste que circulaba hace unos años —no sé si
también ahora—, cuando los deportistas españoles estaban los primeros en un
montón de disciplinas: fútbol, tenis, baloncesto, balonmano, ciclismo,
motociclismo… Decía así:
—
¡Hola, soy español! ¿A qué quieres que te gane?
Y
es algo que se escenifica constantemente con la cantinela esa de '¡Yo soy
español, español, español! ¡Yo soy español, español, español!', repetida hasta
la saciedad en cuantas celebraciones populares se han ido haciendo en los
últimos tiempos.
¿Qué
nos lleva a actuar de esta manera? Sí, de acuerdo, son españoles. ¿Y? A
algunos, los más mediáticos, los conocemos por la tele, sabemos cómo se llaman,
de dónde son, puede que incluso sepamos cómo piensan en determinados asuntos.
Pero de los otros, nada mediáticos, no sabemos nada, ni siquiera sabríamos de
su existencia si no hubieran conseguido una medalla… y los olvidamos
rápidamente hasta la siguiente medalla, si es que llega.
Yo
me inclino a pensar que la explicación de este entusiasmo, orgullo incluso,
está en la competición: el deporte es la actividad competitiva por excelencia.
¿A quién no le gusta ser el primero en algo? ¿A quién no le gusta ganar? Como
no podemos ganar por nosotros mismos, proyectamos nuestras esperanzas en
aquellos que, pensamos, nos representan: los deportistas que visten los colores
nacionales. ¡Ah! Eso sí. Otra cosa es cuando estos mismos deportistas ya no
visten los colores nacionales, sino los de sus clubes o equipos. Entonces, como
no pertenezcan a clubes o equipos de nuestras simpatías, no solo nos dará
igual, sino que probablemente los odiaremos.
Está
claro: el deporte mueve a mucha gente, genera mucho negocio y, también, da
prestigio internacional al país… Quizá no sería mala idea que las autoridades
científicas y artísticas potenciaran sus propias competiciones internacionales
y establecieran sus medalleros por países. Y quizá así podríamos ver dentro de
unos años al próximo escritor español premiado con el Nobel de literatura o al
próximo científico premiado con el Nobel de medicina celebrándolo con una rúa
por las calles de Madrid a su vuelta de recibir el premio. Sería genial,
¿verdad?

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