¿Por
qué estoy obligado a aprender a hablar en inglés para poder comunicarme con
personas que no hablan la misma lengua que yo? ¿Por qué no saber inglés supone
no ser nadie en el ámbito internacional? ¿Por qué el inglés precisamente, con
su carga de imperialismo añadida, y no otra lengua? ¿Por qué no una lengua
artificial, desprovista de cualquier vinculación imperialista o connotación
patriótica? ¿Por qué ninguna instancia internacional apuesta por el esperanto,
por ejemplo? ¿Por qué no interesa?
Una
de las cosas de las que se ha hablado a consecuencia del referéndum del brexit
es si el inglés dejará de ser una de las lenguas oficiales de la UE. Parece ser
que, cuando se incorporaron al club europeo, Irlanda y Malta, dos países con el
inglés como lengua oficial, no eligieron el inglés como ‘su’ lengua para la UE,
puesto que ya lo había elegido Reino Unido, y se decantaron por el irlandés y
el maltés, respectivamente. Por lo tanto, el inglés en la UE está vinculado a
Reino Unido; si Reino Unido abandona la UE, el inglés también. Bueno, esa es la
teoría al menos. Pero me imagino yo que, si el brexit llega a concretarse
finalmente, ya harán lo posible y más para que la UE siga considerando el
inglés como una de sus lenguas. No olvidemos que, en la actualidad, es la
lengua de intercambio internacional por excelencia, la lengua en la que se
establecen los contactos entre personas de diferentes orígenes lingüísticos.
El
uso de una lengua determinada como herramienta de intercambio internacional ha
sido una constante en la historia. En nuestro mundo occidental europeo, ahora
es el turno del inglés, pero, en épocas anteriores, el francés fue el idioma
internacional de la diplomacia y, en otros periodos, incluso el español fue una
lengua de intercambio internacional. En otras zonas y en otras épocas, el ruso
y el chino también actúan o han actuado como lenguas internacionales. Todo ello
aparejado a la importancia y preponderancia política —o, más bien, militar— de un determinado país
en cuestión. Y, precisamente, esa vinculación tan estrecha entre lengua y
dominación hace que muchas personas sean reacias a aprender la lengua
internacional de turno.
Por
otro lado, la lengua propia de cada uno forma parte de lo más profundo del ser
humano: las primeras palabras que oímos de nuestra madre… en nuestra ‘lengua
materna’, las primeras palabras que dijimos, las nanas que nos cantaron, etcétera.
Nos acompaña toda la vida y la llevamos muy adentro. De ahí la dificultad de
reemplazarla por otra lengua, que nunca va a tener la misma carga emocional que
la propia.
Puestos
a tener que aprender una lengua diferente a la propia para poder comunicarnos
con otras personas, lo ideal es optar por alguna lengua artificial. Por lo general,
son lenguas que han sido diseñada para hacer sencilla la comunicación entre
personas de orígenes lingüísticos diferentes: gramática simplificada, sintaxis
simplificada, vocabulario evolutivo… Además, están desprovistas de
connotaciones patrióticas o nacionales y no parece que puedan llegar a ser sentidas
como una imposición imperialista o un riesgo en lo que respecta a lo emocional.
El
esperanto es ideal en este sentido.
La
ONU tiene 6 lenguas oficiales; la Unión Europea, 24, por poner solo dos ejemplos.
Si todo el dinero que se gastan estas y otras instituciones internacionales en
trabajos de traducción e interpretación se dedicara a potenciar el aprendizaje
del esperanto como lengua de intercambio internacional, no creo que fuera
descabellado pensar que en el transcurso de una generación el esperanto se
habría implementado satisfactoriamente. ¿Nos ponemos manos a la obra?

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