¿Por qué?

¿Por qué?

martes, 16 de mayo de 2017

Políticos y lengua

¿Por qué los políticos se meten donde no les llaman? ¿Por qué no se dedican a la política y dejan la lengua en manos de los lingüistas? ¿Por qué se creen con derecho a manejar a su conveniencia política las certezas científicas? ¿Por qué para ellos dos y dos rara vez son cuatro?


Un fin de semana de primavera, se celebraron varios congresos regionales de partidos políticos. En uno de ellos, en Baleares, uno de los candidatos a dirigir el partido, presentó una propuesta para dejar de llamar lengua catalana a la lengua que se habla en Baleares y empezar a llamarla lengua balear. La propuesta fue rechazada. El candidato, también. No creo que fuera por eso, o no creo que fuera solo por eso, pero no ganó él.

Este episodio me ha hecho recordar que, en la época de la llamada Transición, así en mayúsculas, se redactó y se aprobó la Constitución, también en mayúsculas  —¡cómo les gustan las mayúsculas a los políticos!—, para dotar de legitimidad democrática a lo que venía después de que Franco desapareciera. Para que el personal supiera qué era eso de la Constitución y dar a conocer su contenido, los poderes públicos del momento distribuyeron una gran cantidad de ‘constituciones’ en formato manejable y en las lenguas de España; a saber: castellano, gallego, vascuence, catalán, valenciano y balear. ¡Sí, también valenciano y balear! Yo, en periodo de formación como lingüista en aquel momento, tuve en mis manos un ejemplar de las versiones en valenciano y catalán, y me dio por compararlas. Las diferencias no pasaban de tres o cuatro: alguna terminación verbal, algún demostrativo… y poco más. Y lo mismo ocurriría seguramente con la versión en balear.

Hace unos años, en Aragón se aprobó una normativa que mencionaba la 'lengua aragonesa propia del área oriental' (y la 'lengua aragonesa propia de las áreas pirenaica y prepirenaica'), lapao (y lapapyp), en abreviado. La primera no era más que el catalán que se habla en una estrecha franja fronteriza con Cataluña (y la segunda es lo que se ha llamado toda la vida el aragonés). 

Los lingüistas dicen que lo que se habla en todas estas zonas mencionadas es catalán, con sus diferentes variantes locales, pero catalán. Los políticos, sin embargo, dicen que… según y depende: puede ser catalán, valenciano, balear, lapao… ¡Hombre! Si lo que pretenden es que España suba en la clasificación de países con población plurilingüe, no es mala idea: así pueden decir que no-sé-cuantos-españoles hablan 4 lenguas. O más, si en vez de decir lengua balear, decimos mallorquín, menorquín e ibicenco; y si añadimos barcelonés,
tarragonés, leridano y gerundense, ya ni te digo. ¡Seamos serios, por favor!

lunes, 1 de mayo de 2017

Todo lo demás no importa

¿Por qué nos preocupamos tanto por tantas cosas? ¿Por qué nos lo tomamos todo tan a pecho? ¿Por qué no somos capaces de discernir lo importante de lo superfluo? ¿Por qué gastamos tantas energías en nimiedades? ¿Por qué no las reservamos para lo que realmente importa? ¿Por qué no hacemos por vivir mejor?


El salía de casa y ella le dijo: “Tú, ¡ten cuidado! Todo lo demás no importa”.

El salía de casa para ir al trabajo, como cada día, con la bicicleta. Y, como cada día, ella le dijo “¡Ten cuidado!”. Se lo dice siempre. Incluso va hasta la puerta para despedirlo. Ya se lo decía cuando, de joven, y de no tan joven, los domingos por la mañana salía con la peña ciclista por las carreteras. Nunca le ha gustado que se mueva en bici: ni antes, por las carreteras, ni ahora, por las calles de la ciudad.

Ella no va a trabajar, no trabaja desde hace tiempo, es pensionista, por su discapacidad, fruto de una enfermedad neurológica incurable y progresiva. De hecho, están terminando de arreglar una vivienda para adecuarla a las necesidades de ella cuando, cuando pase algún tiempo, ya no pueda moverse como ahora y tenga que utilizar la silla de ruedas también en casa. La finalización de la obra les da algunos dolores de cabeza: fallos que ya no hay forma de arreglar, errores de bulto que influyen en el presupuesto…; incompetencia, en suma. Además, no acaba de avanzar como debería el asunto de la accesibilidad a la vivienda: los presupuesto que han pedido tardan en llegar, la comunidad de propietarios no está por la labor de facilitarles la tarea… Y, para más inri, la perrita lleva una temporada larga no demasiado bien: con problemas neurológicos o, quizás, cardiacos, no se sabe bien.

En definitiva, que habían estado hablando de todo ello nada más despertarse y él se había angustiado por tener tantos frentes abiertos y no ser capaz de irlos cerrando.

Él salía de casa y ella le dijo: “Tú, ¡ten cuidado! Todo lo demás no importa”.

Y le entró una paz, una tranquilidad: se le disiparon todas las preocupaciones, se le diluyeron todos los malos rollos, toda la angustia. Si ella, que tiene lo que tiene, es capaz de preocuparse tanto por él como para decir que “Todo lo demás no importa”, realmente es que no debe de importar tanto, ¿no te parece?

Pararse un segundo y mirar las cosas desde otra perspectiva es mano de santo.

domingo, 16 de abril de 2017

El tiempo inasible

¿Por qué nos empeñamos en medir el tiempo? ¿Por qué tenemos esa necesidad de saber en qué día vivimos o en qué año estamos? ¿Por qué necesitamos calendarios, relojes, cronómetros, minuteros, etc.? ¿Por qué ese empeño en que no se nos escape el tiempo?


El despertador del móvil suena a las 6:45 y, como no puede ser de otra manera, en ese mismo momento, el reloj del móvil indica las 6:45. De perogrullo, vamos. Ahora bien, en el dormitorio tengo además otros dos relojes —radiorrelojes más bien— y, en ese mismo momento, uno marca las 6:43 y el otro, las 6:46. Cada cierto tiempo, los sincronizo con el móvil y, un tiempo después, vuelven a estar desincronizados otra vez.

Normalmente, mientras desayuno en la cocina, suenan en la radio las señales horarias que indican las 7:30. En esos momentos, miro el reloj del horno, que siempre suele indicar las 7:29, aunque tarda pocos segundos en dar el salto a las 7:30. A veces lo corrijo para que esté sincronizado con la radio, pero más pronto o más tarde vuelve a desincronizarse.

En el salón tengo otro reloj, de cuerda este, que va a su bola: hay que darle cuerda a diario y, además, tiene un mecanismo, muy sutil, para hacer que vaya un poco más rápido o un poco más lento. Ni que decir tiene que es tan sutil que en la vida he sido capaz de regularlo de manera que vaya sincronizado con el horario oficial; es decir, con las señales horarias de la radio o con el reloj interno del televisor.

En otro orden de cosas, ¿no te ha ocurrido nunca que, cuando preguntas la hora así al aire en un grupo de gente y te responden varios, las horas que te dan suelen ser diferentes? ¿O que cuando eres tú quien da la hora dices 'falta poco para las dos' o ' son las dos pasadas' o 'son las dos y cuarto minuto arriba minuto abajo' o expresiones similares, sin preocuparte demasiado de dar la hora exacta? Y es que, por lo general, ese minuto arriba o abajo no reviste ninguna importancia para nosotros. Normalmente nos basta con tener una hora aproximada que nos sirva de referencia para lo que necesitamos: saber si ya son casi las 9:00 y tengo que correr para llegar a tiempo al trabajo o si van a ser ya las 19:00 para llegar a tiempo al cine...

En realidad, la hora exacta o el momento exacto en el que vivimos no lo necesitamos para nada, pero ahí están todos esos instrumentos y conceptos que nos permiten medir el tiempo y controlarlo desde tiempos inmemoriales: relojes de sol, de agua (clepsidras, se llaman), de arena, atómicos...; calendario solar, calendario maya, calendario juliano, gregoriano, musulmán...; horas, minutos, segundos, décimas de segundo, centésimas...; días, semanas, meses, años, décadas, siglos, milenios...

Y resulta que, así y todo, el tiempo no se deja encerrar, no se deja controlar y, cada cierto tiempo, hay que hacer determinados ajustes en nuestros mecanismos de control del tiempo. Cada cuatro años, hay que añadir un día al calendario: el 29 de febrero. Así tenemos una cadencia de tres años normales seguidos de un año bisiesto (los años que son múltiplos de 4: 2016, 2020, 2024...). Pero con eso no basta para ser exactos, y resulta que ese día de más no se añade cuando el año termina en dos ceros (2000, 2100...). Pero eso tampoco es suficiente. Parece ser que cada 6 meses más o menos los relojes atómicos, que son lo más de lo más en eso de medir el tiempo exacto, tienen que ajustarse un segundo ¡¡¡Un segundo!!! Una nimiedad, ¿verdad? Pues eso: que al tiempo no hay quien lo pare… ni quien lo controle.

Por cierto, el segundo es la unidad básica de tiempo en el sistema internacional de medidas. ¿Sabes cómo lo definen? Ahí va: la duración de 9.192.631.770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio, a una temperatura de 0 °K.

Lo dicho, dejemos que el tiempo pase como quiera y nosotros, a lo nuestro.

sábado, 1 de abril de 2017

Renombrar calles

¿Por qué ese empeño en renombrar calles y plazas que llevan nombres, digámoslo así, políticamente incorrectos? ¿Por qué esos nombres políticamente incorrectos no se extienden más atrás en la historia que a la dictadura de Franco y a la guerra civil? ¿Por qué no incluir también personajes o sucesos ocurridos en épocas anteriores y en otros lugares? ¿Por qué la memoria histórica es tan poco histórica?


Siempre que oigo hablar de renombrar calles y plazas, se me viene a la cabeza este chiste de Forges, con tantos años ya… y todavía tan actual. 

¡Gracias, maestro!

jueves, 16 de marzo de 2017

El mundo por una pantallita

¿Por qué esa tendencia a observar el mundo a través de una pantalla de teléfono? ¿Por qué nos sentimos desamparados sin él? ¿Por qué nos interesa más lo que pasa en otro lugar que lo que tenemos delante? ¿Por qué no somos capaces de llevar tranquilamente el teléfono en el bolsillo y atender a lo cercano? ¿Por qué nos estamos recluyendo en ese chisme?


Me suelo mover poco por mi ciudad en metro. Yo soy más del vehículo unipersonal de dos ruedas sin motor (de la bici, vamos). Durante unos días, me he visto obligado a utilizar el metro para ir al trabajo… y me ha sorprendido la cantidad de personas que están ensimismadas con sus aparatos electrónicos, teléfonos móviles inteligentes, básicamente. Un día se me ocurrió hacer un recuento —llamarlo encuesta sería una aberración— y dos tercios de las personas que iban en el vagón estaban mirando un teléfono o un lector de libros electrónicos, muchas de ellas con auriculares puestos. Del otro tercio, algunas personas iban leyendo algún periódico o algún libro, otras iban dormitando (las menos) y otras simplemente iban mirando (el menda y alguna más).

Soy capaz de entender que cada uno es cada uno y dedica su tiempo libre a lo que quiere. Pero siempre me sorprendo cuando me doy cuenta de que ese ‘lo que quiere’ es mirar una pantalla más bien pequeña. Soy capaz de entender también que detrás de la pantallita está el mundo o, al menos, ese mundo que interesa a quien mira las pantallas: amistades, entretenimiento, noticias, cotilleos, qué-sé-yo… Pero me sorprende horrores que esa pantallita, con lo pequeña que es, eclipse todo lo que está cerca, al alcance de tus manos o de tus ojos.

En mi vagón de metro, nadie hablaba con nadie. Y no me refiero a que alguien estuviera manteniendo una conversación sobre algún tema de actualidad con el desconocido de al lado. Eso hace ya tiempo que pasó a la historia. Me refiero a que nadie se dignaba decir ‘vas a salir, por favor’, ‘me dejas pasar’, cuando se acercaba su parada. Un empujón por aquí, otro por allá… y ya estoy fuera. ¿Será porque la mayoría de los viajeros llevan auriculares y, total, no van a oírme?

Una mujer joven, que estaba de pie, con el teléfono en las manos y los auriculares en las orejas, no dejaba de toser. Se la veía angustiada y un poco desesperada por la situación. Otra mujer, que estaba sentada, sin teléfono y sin auriculares, se percató de ello y le ofreció un caramelo por si podía aliviarla. La joven lo cogió… y ni llegué a oírle un ‘gracias’ ni a verle un gesto de agradecimiento: se lo metió en la boca y siguió a lo suyo. Claro que a lo mejor el problema es mío: como soy hipoacúsico (medio sordo, vamos) y llevo gafas, quizá no me enteré.

En cualquier caso, a pesar de todo el mundo que puede haber detrás de la pantallita, desechar el mundo que tienes al lado no parece una actitud demasiado madura, ¿no crees?

miércoles, 1 de marzo de 2017

Plurilingüismo, no bilingüismo

¿Por qué, en España, las otras lenguas que no son el español tienen menos importancia? ¿Por qué no se les presta la misma atención por parte del Estado? ¿Por qué se les otorga categoría de lengua oficial si no se les va a asignar los mismos recursos? ¿Por qué se deja en manos de las administraciones regionales la tarea de potenciarlas? ¿Por qué se las trata como lenguas de segunda, cuando el plurilingüismo lo que hace es enriquecer las sociedades?


A lo que parece, se está hablando de ofrecer a todos los españoles, vivan o no en una región con una segunda lengua oficial, la posibilidad de que la Administración les expida un carné de identidad bilingüe. Se habla también del pasaporte bilingüe y del carné de conducir bilingüe. Si he entendido bien la información, se trata de que cualquiera pueda elegir la segunda lengua, porque la primera, claro, será siempre el español. Así, una madrileña podrá pedir que le expidan el carné en español y gallego; su marido, que se lo expidan en español y catalán, y el hijo de ambos, que se lo expidan en español y vascuence, por poner un ejemplo cualquiera. Y, me imagino, un vasco tendrá que quedarse con su carné en español y vascuence; un gallego, con su carné en español y gallego, un catalán… Es decir, los que viven en una región con segunda lengua oficial, no tendrán posibilidad de elección. Parece lógico, ¿verdad?

El caso es que, si esta medida llega a implementarse, será, como siempre, tarde y de forma superficial. Tarde porque, ¿cuánto hace que existen en España lenguas oficiales diferentes del español? ¿Más de 30 años? ¿Más de 35? Pues eso. Y de forma superficial, porque tiene toda la pinta de ser una operación cosmética, algo para contentar un poco a unos sin molestar demasiado a otros. Me explico. Un Estado verdaderamente convencido de la importancia de esas otras lenguas nacionales —llamémoslas así— debería expedir carnés y pasaportes plurilingües, con todas las lenguas oficiales, para todos los ciudadanos, vivan donde vivan. Sería una forma de potenciar la riqueza que supone el plurilingüismo y es un desperdicio no hacerlo, no utilizar ese potencial para conocer mejor al otro, para ayudar a interpretar al diferente. Pero, claro, para no herir sensibilidades de unos o de otros…

En el fondo, esto de los carnés y pasaportes no deja de ser una nimiedad, una minucia. Como realmente se potencia el plurilingüismo es con la educación, y eso, eso ya son palabras mayores. ¿Cómo se puede entender que, en los planes educativos oficiales de Madrid, por poner un ejemplo, o de cualquier otra región no oficialmente bilingüe de España, esté planificado el estudio del inglés —y me imagino que también se podrá estudiar francés y, probablemente, alemán— y, en cambio, sea imposible estudiar otra lengua nacional? La única explicación es la cortedad de miras de quienes nos administran y nos gobiernan: incluimos el inglés en los planes de estudio oficiales y no el gallego, por poner un ejemplo, porque no hay dinero para todo y el inglés es la lengua más hablada en el mundo. Los argumentos dados siempre suelen ser de esta clase: practicistas, cortoplacistas, de administradores y gobernantes pequeños, en definitiva.

Si esta tendencia se consolida —que ya se está consolidando—, pronto lo que algunos mencionan como las humanidades desaparecerán totalmente de los planes de estudios: filosofía, ¿para qué, si todo el mundo ya sabe pensar?; latín y griego, ¿para qué, si son lenguas muertas?; literatura, ¿para qué, si ya casi nadie lee?; lengua española, ¿para qué, si todo el mundo sabe hablar?…  

Me pregunto si no estaremos ya criando y educando a generaciones de idiotas. Por favor, idiotas, no. ¡Idiomas!

jueves, 16 de febrero de 2017

Una fiesta nacional… fallida

¿Por qué la forma de celebrar la fiesta nacional en España es con un desfile militar? ¿Por qué lo militar tiene que acaparar el protagonismo ese día? ¿Por qué esa manía de identificar lo militar con lo nacional? ¿Por qué no celebrarla con festejos de otro tipo? ¿Por qué no optar por desmilitarizarla?


La Fiesta Nacional de España —así con mayúsculas por todas partes— se celebra el 12 de octubre. No lo digo yo, lo dice la legislación. Sí, has leído bien: ¡la fiesta nacional está regulada por ley! Lo que no debe de estar regulado por ley es la forma de celebrar dicha fiesta… que es por donde la cosa empieza a fallar.

Dejando de lado a los políticos, que se mueven por razones muchas veces incomprensibles para los humanos normales, hay personas que no se sienten cómodas con la fiesta debido, principalmente, a las celebraciones y festejos que la rodean. La verdad es que la forma de celebrarla en la actualidad se parece demasiado a lo que se hacía en épocas anteriores: mucha presencia militar y poca presencia civil. ¿Quién ha decidido que la mejor forma de celebrar la fiesta nacional es con un desfile militar? Sacar a soldados, tanques, aviones y armamento vario a la calle, aunque sea en orden y con mucho colorido, no es forma

Habrá quien diga que los militares son funcionarios públicos que sirven a España y que es lógico que tengan presencia en la fiesta de España. Pero también sirven a España otros funcionarios públicos, no solo los militares. Existen funcionarios públicos en la enseñanza, en la sanidad, en la administración de justicia, en la hacienda pública… Y no veo que se prepare ningún desfile con ellos. No estaría mal, ¿verdad? Funcionarios de todo pelaje desfilando —o, mejor, paseando— por la avenida principal de la capital y recibiendo la admiración y el aplauso de los demás ciudadanos. ¿Qué te parece? O si no, alguna celebración paralela específica para esos funcionarios no-militares, que son muchos más que los militares. Algo se podrían inventar las autoridades para que no se quedaran al margen, como es el caso actualmente, ¿no crees?

Se le hace un flaco favor a la fiesta nacional envolviéndola casi exclusivamente en ropajes militares. A nadie debería extrañar, pues, que mucha gente se identifique más con aquello que canta Paco Ibáñez en ‘La mala reputación’:
Cuando la fiesta nacional
Yo me quedo en la cama igual,
Que la música militar
Nunca me supo levantar.

… que viene a ser la traducción al español de aquello que cantaba Georges Brassens en ‘La mauvaise réputation’:
Le jour du Quatorze Juillet
Je reste dans mon lit douillet
La musique qui marche au pas
Cela ne me regarde pas

¿Fiesta y música? Sí… pero no militar. ¿Estamos?