¿Por qué?

¿Por qué?

jueves, 16 de junio de 2016

Regalos, que no donaciones

¿Por qué, si le regalo a mi hijo 10 euros, mi hijo no tiene que pagar impuestos pero, si le regalo 10.000, sí? ¿Por qué, si le regalo a mi hija una casa de muñecas, no tiene que pagar impuestos pero, si le regalo una casa sin más, sí? ¿Por qué, si le regalo a mi mujer un ramo de flores, no tiene que pagar impuestos pero, si le regalo una parcela llenita de flores y plantas y árboles, sí? ¿Por qué tenemos que pagar impuestos por unos regalos y no por otros?



Vale. De acuerdo. Los impuestos son necesarios. Es la forma que han encontrado los estados de tener ingresos y poder mejorar la vida de sus ciudadanos. Sin ellos no tendríamos la sanidad que tenemos, la educación que tenemos, las pensiones que tenemos… Probablemente tampoco las carreteras, los transportes, los hospitales, las universidades… serían lo que son. Sin impuestos probablemente las desigualdades sociales serían más exageradas; la pobreza, mayor; los conflictos, más abundantes; la vida, más desigual… Por eso existen los impuestos.

Si te toca la lotería, pagas impuestos; cuando cobras el salario, pagas impuestos; cuando compras cualquier producto o servicio, pagas impuestos; al llenar el depósito de gasolina, pagas impuestos; al comprar una casa, pagas impuestos; al heredar una casa, pagas impuestos; si escrituras tu casa, ya sea comprada o heredada, pagas impuestos… Y también pagas impuestos si la casa te la regalan, o si te regalan un coche, o 10.000 euros, o…

Lo llaman impuesto de donaciones y se aplica a todas las donaciones, con lo cual se aplica también a los regalos. Pero, ¿a todos los regalos? Si es así, yo creo que todas las familias están defraudando a la Hacienda pública. ¿Por qué? Porque, ¿qué padre, abuelo o padrino no da una propina a su hijo, nieto o ahijado? Y ¿acaso el hijo, nieto o ahijado declara esa donación y paga los impuestos? Me parece que no. Me dirás que por una propinilla de nada, no nos vamos a poner a hacer declaraciones fiscales y demás. Y yo te daré la razón.

Pero, ¿dónde está, entonces, el límite? Porque, si el hijo todavía es chico, quizá no reciba de su padre más que un par de euros para unas chuches el fin de semana; total, unos 100 euros al año, 150 siendo generosos en el cumpleaños y algunas fiestas señaladas. Pero, si el hijo ya es adolescente y está en edad de merecer y, es un suponer, gastar una propina de 40 euros semanales, en cinco años habrá recibido ¡más de 10.000 euros!… y sin pagar ningún impuesto. Mientras que si recibiera esa misma cantidad de una tacada, el Fisco lo consideraría una donación y debería pagar el impuesto de donaciones.

Imagino que el Fisco está al tanto de la situación y la consiente o, dicho de otra manera, no le preocupa en demasía. Y debería, porque ¿qué ocurriría si esa misma 'situación' se traslada al caso de la casa? Es decir,  si a mi hija puedo regalarle un espejo para el baño o un lavavajillas, ¿por qué no voy a poder regalarle un metro cuadrado de pared o de suelo cada semana? Así, al cabo de unos años le habría regalado la casa entera… sin que ella tuviera que pagar impuestos. ¿Y por qué no voy a poder regalarle a mi mujer un metro cuadrado de parcela cada semana?

Me gustaría saber dónde está el límite entre regalo (sin impuestos) y donación (con impuestos), si existe una lista de qué es qué o alguna directriz del Fisco al respecto que aclare el asunto. Me gustaría saber cómo se ha resuelto esta cuestión. Si lo sabes, gracias por contármelo.

miércoles, 1 de junio de 2016

Solidaridad selectiva

¿Por qué guardamos un minuto de silencio en solidaridad con las víctimas de una catástrofe? ¿Por qué salimos a la puerta del centro de trabajo para solidarizarnos con las víctimas de un atentado terrorista? ¿Por qué hacemos eso solo con determinadas víctimas y no con todas? ¿Por qué actuamos así? ¿Por qué no nos damos cuenta de nuestras contradicciones?


De hecho, ¿qué queremos transmitir con estos gestos de, supuesta, solidaridad? Si la solidaridad consiste en pasar en silencio un minuto, bien podríamos solidarizarnos con todo tipo de víctimas: de catástrofes, de atentados, de despidos, de malos tratos, de abusos, de insultos, de robos, de atropellos, de palizas; víctimas de la pobreza, del hambre, de las guerras, de las enfermedades endémicas, del cáncer, de los accidentes de tráfico… Víctimas, las hay a montones; todo depende de la perspectiva con que se mire. Y un minuto no es demasiado. Así que bien podríamos potenciar más este tipo de actos: de pie, en silencio, delante de la puerta, con semblante compungido, un minuto… y vuelta para dentro. En total habremos estado unos… ¿10 minutos? pensando en las víctimas de lo que sea. Suficiente. Y a otra cosa.

Pero, ¿es eso solidaridad? Y si lo es, ¿para qué sirve esta solidaridad? Yo no tengo nada claro que sirva para algo… al menos a las víctimas. Las que estén muertas muertas seguirán; las heridas seguirán luchando por sanar y seguir viviendo; los familiares, igual de desesperados y desorientados que antes; quien haya perdido la casa seguirá al raso; los responsables de lo sucedido… ¡Ah! ¿Dónde andarán los responsables?

¿De verdad pensamos que ese minuto de silencio sirve para algo? Consuelo moral, dirá alguien. Sí, claro. Imagínate que has perdido una pierna y viene alguien  a proporcionarte consuelo moral. Lo que tú necesitas es una prótesis, quizá una silla de ruedas, probablemente adaptar la vivienda donde vives, seguramente cambiar de trabajo, buscar un medio de moverte por tu ciudad… ¡Y lo que te ofrecen es consuelo moral! O imagina que has perdido a tu hijo, o la casa donde vives, o… El consuelo moral vendrá muy bien cuando las necesidades básicas estén cubiertas. Mientras tanto, mejor proporcionar otra solidaridad más material, ¿no crees?

No hace tanto, hubo unas explosiones en Bruselas que produjeron varias víctimas: atentado terrorista. En mi empresa se promovió un minuto de silencio al mediodía. La gente salió a la puerta, un minuto y para dentro. Unos días después hubo otro atentado terrorista en Pakistán. ¿O era Afganistán? ¡Esos países tan lejanos! ¡Uno tiende a confundirlos! El caso es que hubo el doble de muertos que en Bruselas. ¿Promovió mi empresa un minuto de silencio? ¿A que ya te imaginas la respuesta?

No seamos hipócritas. Si nos 'solidarizamos' con Bruselas y no con Pakistán o Afganistán o lo-que-sea-tán, no es porque nos preocupen las víctimas, es porque vemos amenazada nuestra forma de vivir, nuestra civilización occidental, nuestro mundo perfecto. En el fondo, lo que queremos es librarnos, que no nos pase a nosotros lo de Bruselas o lo de París, por citar experiencias traumáticas cercanas. A las víctimas las olvidamos pronto; el miedo, el terror, la inseguridad, la impotencia tardan más tiempo en irse.

lunes, 16 de mayo de 2016

Inmigrantes… según y cómo

¿Por qué nos empeñamos en integrar a los inmigrantes que no quieren integrarse? ¿Por qué aceptamos que vengan inmigrantes a trabajar y no podemos aceptar que no quieran ser como nosotros? ¿Por qué esa manía de querer que sean como somos nosotros, que hagan lo mismo que hacemos nosotros y que se comporten como nos comportamos nosotros? ¿Por qué ese miedo, temor, terror, pánico a todo lo que es diferente a nosotros?


Parece claro que nuestra sociedad no podría subsistir sin los inmigrantes: muchos de ellos hacen trabajos que nosotros no queremos hacer, bien por la propia naturaleza de esos trabajos, bien porque no están bien pagados; contribuyen a aumentar los recursos de la Hacienda Pública y de la Seguridad Social, cosa nada baladí si tenemos en cuenta que la población, digámoslo así, autóctona cada vez está más envejecida… En fin, vienen a llenar un hueco que hemos dejado vacío. Por lo tanto, nos aportan muchos beneficios… pero nos cuesta verlos con buenos ojos.

Un holandés que trabaja en una multinacional farmacéutica, una belga ocupada en su embajada, un inglés que ejerce de profesor, un polaco que es jardinero no nos suponen ningún problema: son europeos con trabajo, se parecen a nosotros físicamente, visten igual, comen similar… Total, los aceptamos sin más aunque no consigamos comprenderlos totalmente: el idioma suele ser una barrera, algunas costumbres son un poco raras… pero no nos importa demasiado. Lo mismo ocurre con una ecuatoriana empleada del hogar o un boliviano albañil: hablan español, podemos entendernos bien con ellos… y el resto lo aceptamos mal que bien.

Pero, si el jardinero es magrebí y el albañil, negro, la cosa ya empieza a cambiar. Lo que antes considerábamos minucias, ahora son graves impedimentos para aceptarlos: que si no se lavan mucho, que si tienen otro concepto de la higiene, que si visten de aquella manera, que si su comida huele mal, que si arman mucho ruido, que no-sé-cuántas-cosas-más… Y lo que queremos es que se laven como nosotros, que limpien como nosotros, que vistan como nosotros… En definitiva, que sean como nosotros. Y no nos damos cuenta de que nadie es como nadie: cada uno es cada uno y sus circunstancias.

Para solucionar el asunto a nuestra conveniencia y que no nos puedan tachar de racistas o xenófobos, las sociedades ‘avanzadas’ nos hemos inventado el concepto de integración: los inmigrantes deben integrarse en la sociedad de acogida. Aplicamos, pues, una política de integración con los inmigrantes y se nos llena la boca de integración cuando de inmigrantes se trata. Pero, en realidad, lo que queremos decir con eso de la integración es que, si vienes aquí, tienes que comportarte como yo, tienes que vestir como yo, tienes que comer como yo, tienes que hablar como yo, tienes que vivir como yo. En definitiva, tienes que ser como yo. Si no, no vengas.

Unos se integran, porque quieren hacerlo, y se convierten en una copia de nosotros mismos. Otros no, porque no quieren, porque no quieren perder su identidad, porque están a gusto como son, porque… lo-que-sea. Pero nosotros no somos capaces de comprenderlos y nos seguimos empeñando en integrarlos: que si la educación, que si la cultura, que si el progreso… En el fondo, lo que se nos revuelve en lo más profundo de nuestra sociedad avanzada occidental es el miedo atávico a lo diferente, el temor a todo aquel que no es como yo. Si ni siquiera somos capaces de comprender a los compatriotas de la otra punta del país, ¿cómo vamos a comprender a los que vienen de la otra punta del mundo? Mejor que cambien ellos. Es más fácil, ¿verdad?

domingo, 1 de mayo de 2016

¿Por qué lo llaman picaresca cuando es corrupción?

¿Por qué nos indignamos con los fraudes que salen a la luz y, si podemos, omitimos ingresos en la declaración de la renta? ¿Por qué abominamos de los políticos corruptos y, sin embargo, no nos parece mal engañar a la compañía aseguradora del coche? ¿Por qué ponemos el grito en el cielo ante noticias sobre comisiones pagadas bajo cuerda y, en cambio, procuramos pagar en negro al fontanero si nos deja? ¿Por qué hablamos de corrupción en un caso y de picaresca en el otro?


No me lo podía creer. Un compañero de trabajo me comentó hace poco que sabía de alguien que se había empadronado lo más lejos posible para así poder tener plaza de aparcamiento en el trabajo. Resulta que una de las circunstancias que se tienen en cuenta para otorgar las plazas de aparcamiento en la empresa, siempre escasas, es esa: la distancia entre la oficina y la casa de uno. Así que, empadronándose lo más lejos posible, las posibilidades de obtener plaza de garaje aumentaban. Claro que ese ‘alguien’ no vive donde está empadronado, vive mucho más cerca.

Hace ya unos años, me comentaron que era práctica habitual omitir ingresos en la declaración de la renta para así poder ‘demostrar’ los ingresos bajos de la unidad familiar y tener así más posibilidades de obtener plaza para el vástago en el colegio de preferencia. Pero, claro, como Hacienda no es tonta, convenía hacer una declaración complementaria con los ingresos correctos lo más rápidamente posible. Así, quedábamos a bien con Hacienda y podíamos utilizar la primera declaración para lo del colegio.

También me refirieron el caso de cierta persona que había comprado un coche a nombre de un pariente minusválido para beneficiarse de la exención de impuestos que lleva aparejada la condición de minusválido.

Y mejor no hablemos de los que tienen chacha en casa y no cotizan por ella a la Seguridad Social. O de los que pagan sin factura al fontanero, al albañil o al pintor. O de los que incluyen en el parte de accidentes del seguro del coche daños ajenos al accidente. O de los que… [Completar la relación según la sensibilidad de cada uno].

Algunos lo llamarán tretas; otros, picaresca. Habrá incluso quien hable de la idiosincrasia del español. ¡Zarandajas! Si no es corrupción, es el primer paso de la corrupción. Y lo que más me sorprende y encocora de todo esto es esa permisividad social: que nadie lo vea mal o, al menos, que nadie lo vea ‘tan’ mal como para no intentar hacerlo también: si esos lo hacen, por qué no voy a hacerlo yo también, ¡ea!.

sábado, 16 de abril de 2016

El medioambiente como excusa

¿Por qué, de un tiempo a esta parte, cada vez hay más empresas que incorporan criterios medioambientales a su gestión? ¿Por qué ahora los hoteles ‘plantan’ árboles? ¿Por qué las compañías de suministros (agua, gas, electricidad, teléfono) ‘preservan’ la naturaleza? ¿Por qué todas estas empresas hacen publicidad de ello? ¿Por qué nos creemos sus desvaríos?


El medioambiente está de moda. Bueno, el medioambiente no, lo que está de moda es ser defensor del medioambiente, medioambientalista, ecologista… La cosa empezó, como no podía ser de otra manera, con asociaciones de defensa de la naturaleza, grupos ecologistas; con personas, por decirlo llanamente, que tenían una conciencia diferente. Con el tiempo, empezaron a asomarse también las administraciones y, más adelante, algunas empresas. Pero, de un tiempo a esta parte, parece ya una invasión: las empresas que se dicen respetuosas con el medioambiente son una enormidad.

Pero no nos engañemos. No es por respeto al medioambiente, ni por cuidar de los recursos naturales, ni por salvar el planeta, ni por nada similar. Es por respeto a la cuenta de resultados, por cuidar de los gastos de explotación, por salvar el reparto de beneficios y por otras cosas similares. No nos dejemos engañar. Hoteles, fabricantes de coches, bancos, eléctricas y demás son empresas y su objetivo es ganar dinero, cuanto más mejor. No se trata de oenegés o asociaciones sin ánimo de lucro. La razón de su existencia es ganar dinero y hacérselo ganar a sus accionistas. Ese es su objetivo principal, al que se subordina todo lo demás. Así es cómo funciona el mundo capitalista, no nos engañemos.

Vale. Puedo llegar a convenir en que quizá sea posible que alguna empresa tenga también conciencia medioambiental, que realmente se crea eso de que, haciendo o dejando de hacer noséqué, puede colaborar a nosécuántos. No lo descarto del todo. Pero, no nos engañemos, si los hoteles piden a sus clientes que elijan si quieren toallas limpias cada día o seguir usando las mismas, no es para plantar árboles, sino para que la factura de lavandería se reduzca. Si los bancos y las empresas de suministros imponen a sus clientes las facturas online, no es para talar menos árboles, sino para que la factura de papelería se reduzca. Si los fabricantes de coches diseñan vehículos cada vez menos contaminantes, no es por ensuciar menos, sino porque la legislación los obliga. No hay más que ver lo que ocurrió el año pasado —y que todavía colea— con el grupo Volkswagen: manipularon no sé cuántos millones de coches para hacer creer a todo el mundo que contaminaban menos. ¿Por qué lo hicieron? Desde luego, no por conciencia ecologista, sino porque así vendían más y aumentaba el negocio.

No nos dejemos engañar: para todas las empresas, la pela es la pela. Lo demás, es accesorio o, como mínimo, está supeditado al negocio: si tener conciencia ecologista no aumenta los ingresos o no reduce los gastos, ¿para qué me vale?

viernes, 1 de abril de 2016

Políticamente correcto, lingüísticamente estulto

¿Por qué a muchos políticos les da por decir 'ciudadanos y ciudadanas', ‘españoles y españolas’, 'trabajadores y trabajadoras'… en sus intervenciones públicas? ¿Por qué alguno ha discurseado hablando de 'nosotros y nosotras'? ¿Por qué incluso a algún otro se le ha oído decir 'muchos y muchas'? ¿Por qué muchos periodistas hablan de 'subsaharianos'  o de 'afroamericanos' en vez de decir 'negros'? ¿Por qué se empeñan en utilizar palabras y expresiones alejadas del lenguaje común? ¿Por qué no son capaces de darse cuenta de que hacen el ridículo más que nada?


Esta reflexión tiene dos vertientes. La primera está causada por esa pretensión que tienen ciertos políticos supuestamente progresistas de querer evitar una malentendida discriminación hacia las mujeres en sus discursos: si digo ‘españoles’, me echaran en cara que me olvido de las mujeres, así que voy a decir ‘españoles y españolas’; si menciono a los ‘trabajadores’, me dirán que qué pasa con las mujeres que trabajan, así que diré ‘trabajadores y trabajadoras’...

La segunda viene al hilo de la elección de la primera diputada negra al Parlamento de España. Se trata de una mujer española nacida en Guinea Ecuatorial, que, como probablemente muchos ya habrán olvidado o quizá no hayan llegado a saber nunca, fue una provincia —más bien, colonia— española. Todos los medios de comunicación resaltaron que se trataba de la primera diputada ‘negra’ de España. Nada de ‘subsahariana’. ‘Negra’, con todas las letras y sin maquillajes. ¿Quiere eso decir que ya se han percatado de la estulticia que supone decir ‘subsahariano’ en vez de ‘negro’? No creo, Estos mismos medios de comunicación siguen hablando de 'subsaharianos' cuando se trata de noticias relacionadas con pateras, naufragios, inmigración ilegal, etcétera. Y también hablan de ‘afroamericanos’ cuando son noticias que proceden de Estados Unidos, básicamente. Señores directores, señores redactores jefe, ¿dónde queda la coherencia en su medio de comunicación?

En cualquier caso, no deja de será una buena noticia que, aunque sea por una vez, se hayan olvidado de lo que se define como políticamente correcto y hablen como el resto de los mortales. Sería de esperar que el ejemplo cundiera en más ocasiones e, incluso, en otros ámbitos de la sociedad. Pero, al parecer, lo que se avecina es la tendencia contraria: un museo de Ámsterdam (Países Bajos), el Rijksmuseum, va a modificar los títulos de unas 300 obras para que 23 palabras que consideran despectivas desaparezcan. Entre ellas está negro, cafre, indio, enano, esquimal, moro, mahometano…Mucho me temo que esta tendencia no tarde en ser calcada en otros lugares del orbe. Veremos.

Volviendo ahora a la primera vertiente de la reflexión inicial, la de la discriminación hacia las mujeres, que se me ha quedado algo retrasada, me permito decir que demuestra una estulticia rayana en lo absurdo. Básicamente, por dos cosas: una, porque mencionar siempre la pareja de vocablos, en masculino y en femenino, hace muy pesado el discurso y, por ende, muy pesado al discursero; dos, porque, por mucha atención que ponga el discursero, es más que probable que se le escape alguna pareja, con lo que, además de pesado, quedará como un inculto.

Un ejemplo de Pedro Sánchez:


Lo de ‘compañeros y compañeras’ lo tiene clarísimo: lo repite cuatro veces. También lo de amigos y ‘amigas’. Sin embargo, patina en lo de ‘españoles y españolas’: en un caso, indica los dos artículos; en otro, solo el masculino. Sigue patinando en lo de ‘todos y todas’: a veces pone los dos; otras veces se olvida del femenino. Vuelve a patinar en ‘nosotros’, ya que se olvida completamente de ‘nosotras’. Y se pega el batacazo con la expresión ‘de todos y de todas los españoles y las españolas’: sí, indica los dos géneros gramaticales… pero ¡la estructura es una aberración!

En definitiva, un discurso pesado, del que tienes ganas de huir tras escuchar o leer un par de párrafos. ¿Cómo es que no son capaces de verlo estos personajes públicos? ¿Acaso se expresan así también en su vida privada: mis hijos y mis hijas, mi mujer y yo nos vamos de fin de semana a casa de los abuelos y las abuelas? ¡Apostaría un cuérrago a que no!

Con ánimo de ayudarles a solucionar este conflicto permanente en el que se desarrolla su existencia, me permito sugerirles lo siguiente: ¡utilicen la vocal i para indicar que una palabra es neutra, que no tiene marca ni de masculino ni de femenino! Digan, pues: “Gracias de corazón, compañeris. Gracias a todis. Lis españolis están muy pendientis de nosotris, queridis amiguis…”.

¡Quién sabe! ¡Igual la RAE termina por dar su aquiescencia a esta fórmula!

martes, 15 de marzo de 2016

Mi patria es apatria

¿Por qué por el hecho, accidental, de haber nacido en España (o Portugal o Francia o Italia…) tengo que ser obligatoriamente español (o portugués o francés o italiano…)? ¿Por qué tengo que tener la ciudadanía española (o portuguesa o francesa o italiana…)? ¿Por qué no puedo no ser ciudadano de ningún país? ¿Por qué no puedo ser simplemente ciudadano del mundo? ¿Por qué tengo que tener una patria quiera o no quiera? ¿Por qué no puedo no tener patria?

 
 
Ser ciudadano de un país, tener su nacionalidad, implica que uno se identifica con ese país, que participa en la vida comunitaria del país, que comparte su existencia con sus conciudadanos. Incluye, por supuesto, alegrarse por los logros de la selección nacional de fútbol, por poner un ejemplo, o del héroe deportivo de turno, pero no es solo eso. Consiste en sentirse parte de una colectividad, en compartir una misma visión del país, y del mundo, si me apuras. No tiene que ver con los políticos que estén gobernando en un momento determinado, es algo más universal, que trasciende a la política, y, a la vez, intemporal. Es sentirse a gusto con el país, con todo lo que le rodea a uno y, por supuesto, ser fiel a ello.
 
Parafraseando a Clarín, a mí me nacieron en España y, simplemente por eso, el sistema me considera ciudadano español: me inscribieron en un registro de españoles, me dieron un documento de identidad español, un pasaporte español… y el Estado español se arrogó el mandato de 'velar' por mí. No hay nada que hacer. Las cosas son así y así las hemos aceptado todos.
 
Ahora bien, pasa el tiempo, las personas cambian, las sociedades y los países también y puede ocurrirle a uno que vea la vida de otra manera, que se dé cuenta de que ya no encaja tanto en esa comunidad, que lo que antes le hacía sentirse parte de ella se ha esfumado, que le cuesta encontrar puntos de unión con sus conciudadanos en esa visión del mundo y de la existencia. En definitiva, que esa patria que le correspondió accidentalmente por nacimiento no es ya de su agrado… y quiere renunciar a ella.
 
El sistema no lo permite.
 
Así es. No hay manera de dejar de ser español (o portugués o francés o italiano…), no es posible renunciar a la nacionalidad. Uno puede romper su pasaporte español, quemar su documento de identidad español, manifestar su intención de dejar de ser español ante notario o ante el rey de turno, elevar una súplica al sursuncorda… Nada vale, nada va a conseguir. El sistema no permite renunciar a tu nacionalidad… si no tienes otra. Si uno tiene doble nacionalidad española / chilena, por ejemplo, y quiere renunciar a la española, no hay problema. Si uno tiene solo nacionalidad española (o portuguesa, o francés o italiana…) y quiere renunciar a ella, no puede.
 
El sistema no permite no tener ninguna nacionalidad.
 
Pero eso no quiere decir que no existan personas sin nacionalidad. En el mundo hay unos 10 millones de personas (datos de Acnur) que carecen de nacionalidad, porque no son reconocidas por ningún Estado como ciudadanos. Son personas que, en la mayor parte de los casos, han sido desposeídas de su nacionalidad, son apátridas obligadas. Y los Estados, en el marco de las Naciones Unidas, han firmado conciertos y convenios para protegerlas, para salvaguardar sus derechos y, también, se han puesto de acuerdo para que exista el menor número posible de apátridas en el mundo, otorgándoles incluso facilidades para conseguir otra nacionalidad.
 
Es una iniciativa loable, desde luego, porque va encaminada a resolver situaciones sobrevenidas, por lo general, a causa de conflictos entre Estados, que terminan afectando a grupos de personas, minorías normalmente, a las que privan de la nacionalidad.
 
Ahora bien, cosa diferente parece querer ser apátrida por libre elección, sin conflicto mediante. No debería haber impedimentos para dejar de ser español (o portugués o francés o italiano…) por voluntad propia. Claro que quizá el problema esté precisamente en eso, en que se trate de una decisión voluntariamente adoptada, porque no creo que a ningún Estado le guste oír que no hace las cosas bien, que no sirve, que no tiene sentido su existencia… que, en el fondo, es lo que significa querer renunciar a la nacionalidad.
 
Y eso, eso es intolerable, ¿verdad?