¿Por qué?

¿Por qué?

martes, 1 de noviembre de 2016

Maltratar animales

¿Por qué nos duele que alguien mate un león o un elefante en un safari y, en cambio, no dudamos en aplastar una mosca que nos está incordiando? ¿Por qué nos sentimos fatal ante el trato dado a los toros en las corridas de ídem y, en cambio, ni nos damos por enterados del trato que reciben los cobayas en los laboratorios? ¿Por qué la muerte de algunos animales nos impresiona tanto y, en cambio, somos indiferentes ante la muerte de muchos otros?


Vivimos en una época en la que la defensa de los animales está al orden del día. No solo maltratar animales, sino también matarlos, es algo inaceptable ya para muchas personas, también para muchas que no se declaran abiertamente ecologistas o animalistas. Hace ya tiempo que, además, se habla de los derechos de los animales. E incluso hay quien pretende que algunos animales tengan personalidad jurídica y hablan del concepto de persona no humana. Cosas todas ellas muy controvertidas. En cualquier caso, no hay duda de que la percepción de los animales entre los humanos ha cambiado. Sí, seguimos criándolos y matándolos para comer, seguimos explotándolos para que trabajen para nosotros, seguimos encerrándolos y usándolos como mascotas, pero cada vez aceptamos menos que sufran por diversión o por tradición.

Ahora bien, ese trato que no queremos que se dé a los animales, ¿incluye a cualquier bicho viviente? Me temo que no. Dicho en otras palabras: ¿nos sentimos igual de mal cuando se mata o se maltrata a un toro y a una gallina? Me sigo temiendo que no. Es muy probable que ni siquiera seamos conscientes de ello, pero está claro que nuestra concepción del maltrato o de la muerte inútil no abarca a todos los seres vivos. Seguramente sí a perros y gatos, e incluso a todos los mamíferos: no en vano son los animales más cercanos a los humanos en la escala biológica. Quizá también a unas cuantas aves: las que son susceptibles de convertirse en mascotas o algunas de gran tamaño… Hasta es probable que incluyamos a determinados peces, reptiles o anfibios. Pero seguro que los insectos nos dan igual, o casi. Y lo mismo los arácnidos. ¿Por qué? ¿Por qué esta discriminación animal? No creo que nadie lo sepa. Quizá tenga que ver con el hecho de que sean animales pequeños, diminutos algunos, o que sean feos, incluso repulsivos a la vista algunos… o vete tú a saber qué.

La cuestión es que en esto, como en muchas otras cosas, tenemos distintas varas de medir... y ni siquiera somos conscientes.

domingo, 16 de octubre de 2016

Ideología política del 1 al 10

¿Por qué, desde hace ya bastante tiempo, el Partido Socialista Obrero Español no se define como un partido de izquierdas sino de centroizquierda? ¿Por qué el Partido Popular no se define como de derechas sino de centroderecha? ¿Por qué, cuando apareció, Podemos se definió como un partido transversal, ni de derechas ni de izquierda? ¿Por qué todos los partidos políticos parece que terminan por abandonar sus posiciones ideológicas iniciales para ir desplazándose poco a poco al centro?



El otro día me hicieron una encuesta por teléfono. Me preguntaron un montón de cosas sobre mi percepción de la situación económica general y de la mía y de mi familia en particular. También sobre cuál pensaba yo que sería la situación dentro de seis meses. No recuerdo el nombre de la empresa que hacía la encuesta ni tampoco el de la mujer que me hacía las preguntas, que, dicho sea de paso, se limitaba a leer el cuestionario que tenía delante y a recoger mis respuestas. Y, cuando yo dudaba o no entendía bien lo que me preguntaba, intentaba resolver la cuestión echando mano, me imagino, de los argumentos que seguramente tenía escritos también en el cuestionario.

Al final, me hizo unas cuantas preguntas que tenían que ver con mi perfil, como lo llaman en esos ámbitos estadísticos: edad, situación laboral, situación familiar, nivel de ingresos, que si era propietario de la vivienda, que si pagaba hipoteca, que si tenía coche… Nada del otro mundo, vaya, hasta que me preguntó por mi orientación política. Al principio me sorprendió, porque nunca antes me habían preguntado directamente por eso, pero, puestos a desvelar intimidades como estaba haciendo, una más ya me daba igual. Así que me dispuse a contestar… pero la forma en que me había hecho la pregunta se las traía. Era algo similar a esto:
— En una escala de 1 a 10, en la que 1 es la izquierda y 10, la derecha, ¿dónde se sitúa usted ideológicamente?

Me quedé un poco desconcertado, la verdad, dubitativo. Ella lo notó y, pretendiendo echarme una mano, añadió:
— El 1 sería comunistas, anarquistas…

Me quedé todavía más desconcertado porque, si el 1 era para comunistas y anarquistas, ¿dónde se sitúan aquellas ideologías que propugnan la revolución y el enfrentamiento armado directo con el Estado?, por poner un ejemplo. ¿En el -1? Contesté lo que me pareció más adecuado intentando ser coherente conmigo mismo… y ahí terminó la entrevista.

Luego, a toro pasado, me dije a mí mismo que había perdido una gran oportunidad de aclararme de una vez por todas en este asunto de la política, que debía haberle pedido a mi interlocutora telefónica la ideología que correspondía a cada número. Así habría podido salir de ese sinvivir en el que me tiene esta política nuestra. Estoy exagerando, claro. Esta política nuestra… Bueno, dejémoslo así.

Seguro que me habría divertido un rato, porque, siguiendo nuestro panorama político nacional, si el 1 es el saco en el que están comunistas y anarquistas juntos y revueltos, ¡creo que me sobran números! Probemos a ver: 2, independentistas; 3, podemistas; 4, socialistas; 5, ciudadanistas; 6, nacionalistas e independentistas de derecha; 7, conservadores pepeístas; 8… Bueno, bueno. Pues sí parece probable resumir el arco político ideológico español en 10 números: introducimos algunas matizaciones entre socialistas y socialdemócratas, también entre conservadores y liberales, añadimos a los fascistas en el 10… y creo que ya lo tenemos.

Claro que esta es una percepción: la mía. Quizá tú tengas otra diferente, y mi vecino, otra distinta. Pero nuestras opiniones aquí no tienen importancia. Deberíamos preguntarles a los políticos. ¿Crees tú que ellos se situarían a sí mismos más o menos en los números que yo he indicado? ¿O dirían, todos, que su número está entre el 5 y el 6, justo en el medio? ¿Qué opinas? Se admiten apuestas.

sábado, 1 de octubre de 2016

Patrioterismo deportivo

¿Por qué nos alegramos tanto por los éxitos de deportistas que ni siquiera conocemos? ¿Por qué, de repente, somos forofos de deportes que ni siquiera sabíamos que existían? ¿Por qué parece que nos corresponde una parte de cada medalla que un deportista español consigue? ¿Por qué no sentimos el mismo orgullo por los éxitos científicos o artísticos de otros compatriotas? ¿Por qué el deporte tiene esa peculiaridad?



Estábamos en una terraza tomándonos una horchata y dijo:
— Hemos ganado una medalla de oro en piragüismo.
— ¿Quién ha sido? ¿En qué prueba?
— Pues no sé.
A partir de ahí ya no presté mucha más atención a lo que siguió: que si ya llevábamos no sé cuántas medallas, que si todavía podíamos conseguir algunas más en…

No hice caso. Me quedé pensando en qué lleva a una persona que jamás ha mostrado el menor interés en asuntos deportivos a estar tan interesada. Por el deporte en sí no es: no tiene ni idea de la prueba objeto del triunfo ni, me imagino, de qué otras pruebas hay ni qué otros deportes existen. Por los deportistas tampoco es: ni los conoce ni siquiera sabe cómo se llaman ni de dónde son. ¿Entonces? Solo queda pensar que es por la españolidad, por el hecho de que se trata de un deportista español, vaya: es español, es compatriota mío y, por asimilación, es como si yo también ganara.

Es algo que refleja muy bien un chiste que circulaba hace unos años —no sé si también ahora—, cuando los deportistas españoles estaban los primeros en un montón de disciplinas: fútbol, tenis, baloncesto, balonmano, ciclismo, motociclismo… Decía así:
— ¡Hola, soy español! ¿A qué quieres que te gane?

Y es algo que se escenifica constantemente con la cantinela esa de '¡Yo soy español, español, español! ¡Yo soy español, español, español!', repetida hasta la saciedad en cuantas celebraciones populares se han ido haciendo en los últimos tiempos.

¿Qué nos lleva a actuar de esta manera? Sí, de acuerdo, son españoles. ¿Y? A algunos, los más mediáticos, los conocemos por la tele, sabemos cómo se llaman, de dónde son, puede que incluso sepamos cómo piensan en determinados asuntos. Pero de los otros, nada mediáticos, no sabemos nada, ni siquiera sabríamos de su existencia si no hubieran conseguido una medalla… y los olvidamos rápidamente hasta la siguiente medalla, si es que llega.

Yo me inclino a pensar que la explicación de este entusiasmo, orgullo incluso, está en la competición: el deporte es la actividad competitiva por excelencia. ¿A quién no le gusta ser el primero en algo? ¿A quién no le gusta ganar? Como no podemos ganar por nosotros mismos, proyectamos nuestras esperanzas en aquellos que, pensamos, nos representan: los deportistas que visten los colores nacionales. ¡Ah! Eso sí. Otra cosa es cuando estos mismos deportistas ya no visten los colores nacionales, sino los de sus clubes o equipos. Entonces, como no pertenezcan a clubes o equipos de nuestras simpatías, no solo nos dará igual, sino que probablemente los odiaremos.

Está claro: el deporte mueve a mucha gente, genera mucho negocio y, también, da prestigio internacional al país… Quizá no sería mala idea que las autoridades científicas y artísticas potenciaran sus propias competiciones internacionales y establecieran sus medalleros por países. Y quizá así podríamos ver dentro de unos años al próximo escritor español premiado con el Nobel de literatura o al próximo científico premiado con el Nobel de medicina celebrándolo con una rúa por las calles de Madrid a su vuelta de recibir el premio. Sería genial, ¿verdad?

viernes, 16 de septiembre de 2016

Mejor desconectar un poco

¿Por qué nos hemos creado esa necesidad de estar mirando cada momento el móvil? ¿Por qué no podemos estar más de, digamos, quince minutos y ya es mucho sin consultarlo? ¿Por qué nos parece que no vivimos si no estamos permanentemente conectados? ¿Por qué nos hemos creado esta necesidad? ¿Por qué esta manía?


Toda mi reflexión viene a cuento de una situación que viví en un avión tras aterrizar en Barajas alrededor de las diez de la noche. Como probablemente ya sepas, tras haber aterrizado, en los aviones no dejan usar el móvil "hasta que las puertas hayan sido abiertas", como explica la azafata de turno. Y probablemente también sabrás que muy poca gente espera a que se abran las puertas para encender el móvil y ponerse a hablar o a guasapear. Normalmente es para comunicar a quien sea que "ya hemos aterrizado", "estamos esperando para salir", "dentro de media hora estoy en casa", o algo similar. Nada del otro mundo: si hay personas que necesitan este contacto para tranquilizar a alguien que está esperando, sobre todo si el avión ha llegado retrasado, no tengo nada que objetar. Adelante.

Ahora bien, ¿qué necesidad hay de mandar mensajes de trabajo a esas horas de la noche? Sobre todo si los mensajes no son, digámoslo así, positivos. ¿Qué necesidad tiene alguien de dejar la siguiente frase en un contestador automático a las diez de la noche: "Acabamos de aterrizar, pero ya te adelanto problemas graves en…"? ¿Qué pretende con ese mensaje? ¿Que el destinatario, si lo oye antes de acostarse, no duerma tranquilo? ¿No puede esperar a decírselo por la mañana? ¿Qué es lo que hace que una persona se crea capacitada para entrometerse de tal manera en la vida privada de otra persona? ¡Qué estupidez!

Claro que este tipo de situaciones, que se dan muy a menudo, ya no causan extrañeza en el común de los mortales. Nos hemos acostumbrado tanto a irrumpir en, y a interrumpir, la vida de los demás vía móvil, que nada nos parece extraño. Ni nos molesta recibir mensajes laborales en horas de ocio, ni recibir mensajes de ocio cuando estamos trabajando. Hemos conseguido hacer de nuestra existencia un batiburrillo de conexiones telefónicas (llamadas, guasaps, internetes, tuíteres, instagramas, etcétera), que lo único que nos sorprende es no estar en conexión: más de quince minutos sin conectarme… y parece que el mundo va a olvidarse de mí.

Claro que la culpa de todo este desatino no es del teléfono, aparato de por sí muy interesante y útil; ni de la tecnología que permite todas esas posibilidades conectivas. La culpa es nuestra. Si hemos dejado que los demás se inmiscuyan en nuestras vidas hasta tal extremo, es porque así se lo hemos permitido. Con lo sencillo que es desconectar el teléfono cuando uno quiere descansar o, simplemente, no coger esa llamada que entra a horas intempestivas o no leer ese mensaje que me asalta mientras estoy leyendo un libro o a mitad de la partida de parchís con mis hijos…

Recuperar el control de nuestra vida no es tan difícil. Eso sí, requiere coraje. Te encontrarás con desplantes, habrá personas que no entenderán tu actitud desconectada, perderás la instantaneidad de muchas cosas… pero también te encontrarás con más tranquilidad, habrá personas cercanas a ti que te agradecerán tu actitud, ganarás vida. Pruébalo.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Matar Osamas

¿Por qué nos pareció tan normal que soldados estadounidenses mataran a Bin Laden de la forma en que lo mataron? ¿Por qué nadie protestó en nuestro primer mundo tan democrático y legal? ¿Por qué nos sigue pareciendo tan normal que sigan matando terroristas de la misma manera? ¿Por qué no nos sulfura eso igual que lo hace la muerte de secuestrados a manos de terroristas? ¿Por qué tenemos ese doble rasero?


Ejecuciones extrajudiciales lo llaman. Pero no son más que asesinatos o, por lo menos, homicidios. Dándoles ese nombre, quieren revestirlos de una pátina de legitimidad. Es como si dijeran: da igual, tarde o temprano los íbamos a pillar, los íbamos a juzgar y los íbamos a condenar a muerte; así que lo que hemos hecho ha sido adelantarnos un poco y ahorrarnos tiempo, dinero y males mayores. Pues no, señores, no da igual: hay que pillarlos y juzgarlos. Parece que no entienden ustedes el significado de lo que están diciendo: si es extrajudicial, está fuera de todos los cauces judiciales previstos en nuestras democracias avanzadas del primer mundo; si es una ejecución, es un homicidio preparado y premeditado, ergo, un asesinato. Quizá legalmente no lo sea, quizá hayamos sido capaces de fabricar leyes que lo amparen, pero no deja de ser un asesinato… con todas las de la ley. Si no, díganme en qué se diferencian estas ejecuciones extrajudiciales de las ejecuciones extrajudiciales preparadas, premeditadas y grabadas por los del EI.

Seamos sinceros: en eso, como en otras muchas cosas, todo se reduce a nosotros y ellos. Todo lo que hagamos nosotros, está bien; todo lo que hagan ellos, habrá que verlo. El problema es saber quiénes somos nosotros exactamente y quiénes son ellos. Si nosotros somos las democracias occidentales, los países del primer mundo, y ellos, el resto; si nuestra visión del mundo es así de cerrada, no debería sorprendernos que el punto de vista de ellos sea exactamente el mismo pero al contrario.

Un homicidio, ya sea con un comando de élite, con un dron o con un cuchillo, es un homicidio. ¿Ejecuciones extrajudiciales? Pues no, señores. Las ejecuciones, incluso las judiciales, con todas las de la ley, no son la solución.

martes, 16 de agosto de 2016

Un trapo con ínfulas

¿Por qué damos tanta importancia a un trozo de tela de colores? ¿Por qué le dedicamos poemas y canciones? ¿Por qué incluso lo protegemos con leyes y normas varias? ¿Por qué alguien puede ser castigado por ultrajarlo u ofenderlo? ¿Por qué hemos llegado a pensar que un trozo de tela puede ser ultrajado u ofendido?



Vale. De acuerdo. Las banderas son una forma sencilla de representar un país. Pero de ahí a pensar que no solo representan un país sino que son ese país, hay un largo trecho. Que la bandera de España sea España o que la bandera de Estados Unidos sea Estados Unidos no parece lógico, ¿verdad? ¡Si no es más que un trozo de tela! Sin embargo, en realidad, así es cómo la consideramos. No hay más que ver cómo unos, las autoridades del país, hacen esfuerzos para protegerla y otros, los enemigos del país, hacen esfuerzos para denigrarla. Unos redactan leyes que establecen protocolos de utilización y sanciones (“las ofensas o ultrajes de palabra, por escrito o de hecho […] se castigarán con la pena de multa de siete a doce meses”); otros se manifiestan contra ella y la pisotean, la queman, la escupen, se mean encima…


El hijo de un vecino mío era forofo a muerte del Real Madrid Club de Fútbol. Era tan forofo que, además de lucir toda la parafernalia propia de los forofos (camisetas, gorras, pantalones, medias, zapatillas, pósteres, etcétera), dormía entre sábanas del Real Madrid, se secaba con toallas del Real Madrid e, incluso, se ponía ropa interior del Real Madrid. Ninguna autoridad del Real Madrid le llamó nunca la atención por usar sábanas, toallas y calzoncillos con los colores del Real Madrid. ¿Ocurriría lo mismo si tuvieran los colores de la bandera de España?

Imaginemos que uno tiene incontinencia urinaria nocturna y se orina en las sábanas con la bandera de España: ¿ha cometido un delito de ultraje a la bandera? Si uno está un poco pachucho de las tripas y, digámoslo así, tiene un accidente diarreico en los calzoncillos con la bandera de España, ¿ha cometiendo una ofensa a la bandera? Si, después, ese mismo uno se lava y, digámoslo con todas las letras, se limpia el culo con una toalla con la bandera de España, ¿merece ser condenado por ello?

Señores: ¡que no es más que un trozo de tela! Más grande o más pequeño, más colorido o menos colorido, pero un trozo de tela al fin y al cabo… igual que los trapos.

lunes, 1 de agosto de 2016

La democracia, mejor sin apellidos

¿Por qué, a raíz del resultado del referéndum del Brexit, muchas voces cuestionan la legitimidad de las consultas directas a los ciudadanos? ¿Por qué ahora resulta que los referéndums no son ya tan democráticos? ¿Por qué, si la democracia es ‘el poder del pueblo’, que el pueblo ejerza ese poder de manera directa no es democrático? ¿Por qué tanto cinismo?


Las empresas que quieren tener éxito en los negocios o bien están regidas por mentes tan innovadoras que son capaces de imaginar, y crear, productos o servicios que los demás ni siquiera podemos imaginarnos que vayamos a necesitar, o bien han conseguido averiguar, normalmente gastando mucho dinero en estudios de mercado, qué necesita la gente y cómo ofrecérselo. Parece evidente que, si alguien monta una cafetería en su barrio, en el que ya hay otras treinta, no vaya a tener el éxito asegurado, por decirlo suavemente. Le habría bastado hacer un somero estudio de mercado para darse cuenta, por poner un ejemplo, de que era una idea mucho mejor montar una pastelería, porque no hay ni una en el barrio. Pues lo mismo ocurre con cualquier otro producto fabricado y diseñado en un laboratorio sin tener en cuenta las necesidades o los requerimientos de los consumidores, que son los que, en definitiva, tendrán la última palabra: no tienen el éxito asegurado ni mucho menos, por decirlo suavemente.

Esta estrategia, que, dicho sea de paso, por sí sola tampoco garantiza el éxito empresarial, no suele ser seguida casi nunca por los partidos políticos. Pocos partidos políticos hacen su programa electoral tras haber hecho un estudio de lo que quiere la gente. Hacen su producto en su laboratorio de ideas y, luego, tratan de venderlo en el mercado en competencia con los productos de otros partidos políticos. ¡Y así nos va!

Y por una vez que a un político con mando en plaza le da por hacerlo, todo el mundo político y mediático lo crucifica: que qué insensatez convocar el referéndum; que si los referéndums los carga el diablo; que si tú preguntas una cosa y la gente contesta otra; que dónde se ha visto eso de gobernar a golpe de referéndum; que para qué sirven, entonces, los parlamentos; etcétera. Claro que me supongo yo que lo que trae a mal traer a todos estos crucificadores políticos y mediáticos no es el referéndum en sí, sino su resultado, contrario a sus expectativas, me supongo yo.

Lo que han pretendido hacer estos críticos crucificadores es contraponer democracia representativa a democracia directa. La primera, que supone elegir cada cuatro años a nuestros representantes, que, luego, van a tomar las decisiones, es la buena. La segunda, que supone tomar directamente algunas decisiones en cuestiones de gran importancia e impacto, es la mala.

Señores: en origen, la democracia es ‘el poder del pueblo’ y, cuando el pueblo ejerce ese poder directamente, es la actuación más democrática del mundo. Sin ambages y sin peros. No olviden ustedes ese periodo no tan lejano de la historia de España, ese que llamamos dictadura: en aquella época, se le daba el nombre de democracia, democracia orgánica.

La democracia, cuantos menos apellidos tenga, mejor. Y la democracia directa se parece mucho a la democracia sin apellidos, por no decir que es lo mismo. No lo olvidemos.