¿Por qué?

¿Por qué?

martes, 1 de marzo de 2016

No se aceptan bancos

¿Por qué tengo que domiciliar la nómina en el banco? ¿Por qué tengo que pagar la luz por el banco? ¿Y el recibo de la comunidad? ¿Y el gas? ¿Y el agua? ¿Y...? ¿Por qué no puedo cobrar mi sueldo en efectivo? ¿Por qué no puedo pagar los recibos con dinero en efectivo? ¿Por qué estoy obligado a utilizar un banco para hacer casi cualquier operación?

 
 
Sí, vale, seguramente es más cómodo: el dinero de la nómina entra en la cuenta a finales de mes, el de los recibos sale a primeros de mes, y no necesito estar pendiente del asunto. Puedo pagarlo casi todo con alguna de las tarjetas que me dará el banco, y no necesito llevar mucho dinero encima. Además, si necesito dinero en efectivo, no tengo más que sacarlo de un cajero automático con una de esas tarjetas y arreglado… Pero, claro, todo esto no es gratis. Cuesta dinero y no poco (comisiones lo llaman), y cada vez son más y más altas: por tener una cuenta, por ingresar cheques, por hacer transferencias, por tener una tarjeta, por sacar dinero de un cajero que no es el tuyo… Y como tengas que pedir un préstamo o una hipoteca: comisión de apertura, comisión de amortización…
 
En definitiva, te tienen bien agarrado por… todas partes, y te exprimen cual naranja de zumo. Pero el dinero que te cuesta eso no lo es todo: te cuesta también libertad, privacidad, independencia.
 
Además, los bancos no están solos en esta tarea, los gobiernos les echan una manita, cuando no las dos, como si ellos no se bastaran solitos para el ‘exprimimiento’ del personal. Un ejemplo: desde hace ya un tiempo, en España está prohibido hacer pagos en efectivo de más de 2.500 euros. ¡Estupendo! La excusa, por supuesto, siempre es la misma: evitar los fraudes y el blanqueo de dinero. Como si una medida así sirviera para mucho. Como si se fueran a acabar ya los grandes fraudes solo con eso. ¡En fin!
 
Pero hay más. En Dinamarca están implementando medidas para ir acabando con el dinero en efectivo: los establecimientos van a poder decidir que no aceptan pagos en efectivo. Es decir, en vez de ver carteles que digan ‘no se aceptan tarjetas’, pronto veremos carteles que digan ‘no se acepta dinero en efectivo’. Y ya nos podemos imaginar lo que va a venir: no creo que vayan a tardar mucho los demás gobiernos en seguir la misma dirección. Por supuesto, por supuesto, todo en aras de una mayor seguridad, economía… y zarandajas varias.
 
Yo creo que la mejor opción es colgar un cartel en casa (o, mejor, ponerse una chapa en la solapa) que diga ‘no se aceptan bancos’… y empezar a obrar en consecuencia. Primero, los ingresos:
 
-       Pedir a la empresa que a final de mes me pague en efectivo. Si el sueldo resulta que supera los 2.500 euros, que me pague por quincenas, y si no, por semanas.
 
-       Sacar los ahorros del banco y guardarlos en casa. Sí, sí, bajo el colchón o en el cajón de la cómoda o en una caja de pastas vacía, o en los tres sitios a la vez.
 
-       Solicitar formalmente a Hacienda que me devuelva el IRPF en efectivo.
 
Luego, los gastos:
 
-       Avisar a las empresas que suministran electricidad, gas, agua, teléfono, etc. que me envíen los recibos a casa y que me den una dirección donde pagarlos en efectivo.
 
-       Para pagar la cuota mensual de la comunidad de propietarios, entregarle el dinero en mano al tesorero/secretario contra un recibo firmado por él.
 
-       Pagar en efectivo las compras en supermercados, los gastos en restaurantes, bares, cines, los billetes del transporte público, las reparaciones de la bicicleta…
 
-       Si hay que hacer obras en casa, pagar en efectivo a los operarios. Si la factura supera los 2.500 euros, pedirles que la troceen en varias con diferentes conceptos.
 
¿Crees que se puede conseguir? En fin, supongo que costaría bastante: está el mundo tan acostumbrado a bancos, tarjetas, domiciliaciones bancarias, cheques, etc. que me imagino que las empresas y las administraciones ni siquiera tienen previsto un procedimiento para recibir (o hacer) pagos en efectivo.
 
¿Te animas a intentarlo? Si sí, cuéntanos tu experiencia, ¿vale?


lunes, 15 de febrero de 2016

La suciedad de la sociedad

¿Por qué tiras al suelo la colilla al acabar el cigarrillo? ¿Por qué dejas caer al suelo ese papel que te sobra en las manos? ¿Por qué tiras el chicle a la acera? ¿Por qué te cuesta tanto acercarte a una papelera? ¿Por qué no recoges los excrementos de tu perro? ¿Por qué no metes la basura dentro de los contenedores? ¿Por qué te importa un comino ser tan sucio?


Dice la Organización de Consumidores y Usuarios que la suciedad avanza en las calles de la mayoría de las grandes ciudades y que año tras año empeora la limpieza urbana (fuente: Estudio de limpieza urbana, OCU-Compra Maestra nº 403, mayo 2015). Como con casi todo, este asunto de la suciedad/limpieza tiene dos caras: ¿está todo más sucio porque ensuciamos más o porque limpiamos menos? Es decir, ¿somos más guarros o somos menos limpios? Probablemente sea una conjunción de las dos cosas. Ahora bien, bien es verdad que si no ensuciáramos no deberíamos limpiar. No es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia.

Un ejemplo. Hay en mi barrio un edificio de una universidad. Los alumnos, universitarios ahora, pero futuros empresarios e ingenieros mañana, salen a fumar a la puerta. El suelo de la acera está siempre lleno de colillas… ¡y eso que tienen una papelera a cinco pasos contados! ¿Qué lleva a esa gente a actuar así? ¿La pereza? No creo, son solo cinco pasos. ¿La mala educación? No creo, son universitarios, y de buena familia (es una universidad privada).

Otro ejemplo. Hay en mi barrio una iglesia que debe de ser muy bonita, porque en ella se celebran muchas bodas. Y son bodas de alto copete, con profusión de chaqués, los hombres, y de tocados, las mujeres. Tras las celebraciones, el suelo de la acera siempre se queda lleno de confeti, pétalos de rosa y granos de arroz (¡qué desperdicio!)… hasta que llega la lluvia, el viento o el barrendero de turno del ayuntamiento. ¿Qué lleva a esas personas a actuar así?, repito.

He visto a un vecino fumando en su terraza (imagino que no le dejan fumar dentro de casa) y, al terminar, tirar la colilla a la calle. He visto a otro vecino podando los geranios de su balcón y dejando caer los restos de la poda a la acera. He visto a una vecina meter su basura en un contenedor de otro portal por la mañana (la recogida es por la noche). He visto a un portero vaciar los restos del contenedor en un alcorque antes de meterlo en el portal por la mañana (la recogida es por la noche). He visto a un joven salir de un bar, cruzar a la acera de enfrente, acercarse a la puerta cerrada de un garaje, prepararse para mear, abortar la maniobra al acercarme yo, esperar a que me alejara y vaciar su vejiga. He visto a borrachos (supongo) meando en un alcorque. He visto a padres haciendo hacer eso mismo a sus hijitos. He visto a mujeres (y hombres) meando entre dos contenedores de basura. He visto a dueños de perros dejando los excrementos del perro en el suelo; a fumadores que sacan el último cigarrillo del paquete y a los que, ¡vaya!, se les escapa el paquete de las manos; a conductores abriendo la ventanilla del coche para tirar la colilla, cuando no es todo el contenido del cenicero, al suelo; a personas comiendo un bollo mientras van caminando y que, ¡vaya!, pierden la servilleta…

Y están también estos restos que parece que no tienen dueño, pero que tapizan el suelo de calles y aceras: los panfletillos publicitarios de los parabrisas de los coches, las servilletas de papel de las terrazas de los bares, los recibos de los cajeros automáticos, las colillas, muchas colillas, ante las puertas de los bares… Seguramente tú podrás añadir muchos más casos a la lista.

Siempre me pregunto si esa gente se comporta igual en su propia casa: ¿tirarán colillas y restos de comida al suelo? No hay que ser muy listo para pensar que no, que en casa se comportan de otra manera. Entonces, ¿por qué fuera de casa actúan así? No me queda más remedio que pensar que se trata de prepotencia y egoísmo a partes iguales: porque yo lo valgo;  porque me apetece; porque me da la gana; porque quiero; porque mi casa es mía y la calle, no… En fin, actitudes muy poco ciudadanas, que y es lo que me deja más pasmado, casi nadie ve ya mal.

lunes, 1 de febrero de 2016

Voto en blanco realmente útil

¿Por qué no tienen representación en los parlamentos los ciudadanos que votan en blanco? ¿Por qué quien vota en blanco tiene la sensación de que hubiera dado igual abstenerse? ¿Por qué los votos en blanco son votos inútiles, que no sirven para, casi, nada? ¿Por qué no se resuelve este déficit democrático?


La normativa electoral considera que para que una candidatura pueda obtener representación en las elecciones a las Cortes Generales debe obtener, al menos, el 3 % de los votos válidos (el 5 % si se trata de elecciones municipales). Y la normativa electoral considera que son votos válidos los votos a candidaturas y, también, los votos en blanco (los votos nulos no son válidos). Esta es toda la utilidad que tienen los votos en blanco en la normativa actual: una utilidad residual, por no decir nula. Podemos decir que viene a ser casi lo mismo votar en blanco que no votar.

Sin embargo, los ciudadanos que votan en blanco han hecho el esfuerzo de acercarse a su colegio electoral y, probablemente, han reflexionado previamente sobre qué actitud adoptar: votar a esta candidatura, votar a la otra, no votar… Si al final han decidido votar en blanco, ¿no merecen, acaso, que su voto sea tan útil como los votos de aquellos que han votado a candidaturas? ¿No merecen que sea tenido en cuenta de la misma manera? De lo contrario, y es lo que ocurre en la actualidad, ¿no estamos ante un caso flagrante de déficit democrático: unos votos valen y otros, no?

Si los votos a candidaturas sirven para otorgar los escaños que corresponden a cada candidatura, los votos en blanco también deberían servir para eso. Deberían ir a una ‘candidatura en blanco' y, si llega el caso, tener incluso representación parlamentaria, igual que las demás candidaturas. Es la única manera de que los ciudadanos que votan en blanco estén también representados en los parlamentos.

Si analizamos los resultados de las últimas elecciones al Congreso del 20 de diciembre de 2015, donde los votos en blanco supusieron entre un 0,5 % y un 1,5 % de los votos, la ‘candidatura en blanco’ no habría obtenido ningún diputado en ninguna circunscripción electoral.

Sin embargo, de ponerse en práctica esta medida, no parece descabellado pensar que quizá una parte de los ciudadanos que ahora no votan (alrededor del 27 %) puede que lo hicieran en blanco. Y tampoco parece descabellado pensar que esa ‘candidatura en blanco’ quizá pudiera lograr algún diputado. De hecho, solo con que hubiera votado en blanco una de cada cinco personas que se abstuvieron, la ‘candidatura en blanco’ habría obtenido ¡9 representantes!: uno en Baleares, Las Palmas, Málaga, Sevilla y Valencia, y dos en Barcelona y Madrid.

Nueve diputados en blanco. O mejor dicho, nueve escaños en blanco, que no serían ocupados por nadie, pero que tendrían el mismo peso que los escaños ocupados. En la votación para elegir al Presidente del Congreso, nueve votos en blanco; en la votación de los Presupuesto, nueve votos en blanco; en todas las votaciones parlamentarias, nueve votos en blanco. Ni a favor ni en contra, siempre en blanco.

Es la manera de que las personas que votan en blanco se puedan considerar representadas por los parlamentos, al igual que las que votan a las candidaturas votantes. Solo así los parlamentos serán los verdaderos representantes del pueblo.

Y, además, puestos a buscarle más cosas positivas a esta medida, nos ahorraríamos un dinerillo, que nunca viene mal: el sueldo de nueve diputados, con los gastos, dietas y demás prebendas que lleva aparejados el escaño. En definitiva, todo son beneficios, ¿no crees?

viernes, 15 de enero de 2016

¡Que viene el cambio climático!

¿Por qué causa tanto miedo el cambio climático que se avecina? ¿Por qué ese temor a que el planeta padezca todo tipo de catástrofes? ¿Por qué hablamos de preservar el medioambiente y la biodiversidad? ¿Por qué es necesario salvar el planeta?


Por fin, parece que todos están de acuerdo en la cuestión, incluso aquellos que eran más reacios hace no muchos años: el cambio climático, el calentamiento global es un hecho, se está produciendo y no hay forma de pararlo. Otra cosa es si se van a poder mitigar sus efectos, si seremos capaces los humanos de ponernos de acuerdo en las soluciones necesarias para que el daño sea menor. Los responsables políticos se han puesto como objetivo limitar el incremento de la temperatura media global a 2 °C en 2100 comparada con los niveles preindustriales no se dice cuáles eran, por cierto, y ya están hablando de medidas: básicamente, reducir las emisiones de los gases de efecto invernadero.

La opinión dominante en estos momentos es que, si la temperatura media terrestre sube más de 2 °C, las catástrofes se multiplicaran: el hielo polar se derretirá, el nivel de los mares subirá, las zonas bajas costeras se inundarán, habrá desplazamientos masivos de gente, hambrunas… Bueno, vale. Seguramente todas estas previsiones se verán confirmadas, y ¿qué? Al planeta le da igual todo esto, él seguirá ahí.

Todo el mundo parece olvidar que la tierra ha sufrido cambios climáticos muchas otras veces y siempre ha sobrevivido. Y no solo la tierra ha sobrevivido, también ha sobrevivido la vida en la tierra. Hace unos cuantos millones de años, los dinosaurios —y una buena parte de las especies existentes— desaparecieron. Y ha habido otras extinciones masivas. Pero la tierra siempre siempre siempre ha seguido aquí, más bien intacta.

Seamos sinceros. Al planeta le da igual el cambio climático, es a nosotros, los humanos, a los que nos importa… porque estamos viendo, no el principio de nuestra desaparición de la faz de la tierra, sino el principio de la desaparición de nuestro modo de vida, tan cómodo y confortable en el caso de los países desarrollados. De ahí el miedo que se va asociando a las expresiones cambio climático y calentamiento global.

¿Salvar el planeta? ¡El planeta ya sabe salvarse él solito!

 

viernes, 1 de enero de 2016

A favor del voto en contra

¿Por qué el voto tiene que ser siempre a favor de una candidatura? ¿Por qué no puede ser en contra? ¿Por qué el sistema se empeña en que vote a favor de alguien, aunque no encuentre a nadie con quien me pueda identificar, que me apasione, que colme mis expectativas…, en definitiva, que merezca realmente mi voto? ¿Por qué la única opción que tengo en estos casos es abstenerme o votar en blanco, lo que, a fin de cuentas, según están las leyes electorales al uso, es tirar el voto a la basura? ¿Por qué no me está permitido votar en contra?


Un hombre, un voto. Ese es el principio de la democracia, ¿no? Bueno, vale. Sí, seguro que ahora más de uno y más de dos lo habrán transformado en Un hombre / una mujer, un voto. Igual da. O, mejor dicho, igualdad. En fin, dejémoslo ahí. El caso es que mi voto debería valer igual que el tuyo, pero no va a ser así, porque mi voto va a ir a parar a la basura. Y eso incumple la base de la democracia.

Si existiera la posibilidad de votar también en contra, la cosa cambiaría sobremanera. Las posibilidades de que pudiera usar mi voto se multiplicarían: si no encuentro candidaturas que merezcan mi voto a favor, a lo mejor sí encuentro alguna que merezca mi voto en contra. Si no encuentro a nadie con quien me pueda identificar, que me apasione, que colme mis expectativas, a lo mejor sí encuentro a alguien que me cause repugnancia, que me repela; en definitiva, alguien que no me gustaría ver en absoluto gestionando la cosa pública.

Yo podría usar mi voto, la abstención bajaría (ahora no se apea del 33 %), los índices de participación aumentarían, la democracia se robustecería… y todos contentos. Bueno, no sé si todos. Quizá los partidos políticos no tanto, porque ¿a quién le gusta que le digan explícitamente que no vale, que no sirve, que no convence, que yo a ti no te quiero? La posibilidad de que alguien les vote en contra no parece que pueda ser de su agrado. Pero ese es su problema de siempre, ¿no?: no admitir que algo estarán haciendo mal cuando, como poco, 1 de cada 3 votantes no encuentran candidaturas a las que dar su apoyo. En realidad, por eso los votos en blanco y las abstenciones no tienen ningún peso en los resultados electorales, ¿no? No les gusta que nadie les diga que son malos remalos. ¡Allá ellos!

En el recuento, los votos en contra se restarían de los votos a favor… y ya está. Así de fácil.

Desde un punto de vista práctico, habría que cambiar las papeletas, claro. Pero eso incluso vendría bien, porque ¿para qué sirven las kilométricas papeletas actuales, una por candidatura, con los nombres y apellidos de todos los candidatos en forma de lista, si no nos dejan elegir a aquellos que queremos votar y tenemos que aceptarlos a todos sí o sí? En las nuevas papeletas, una única papeleta por circunscripción electoral, podríamos dejar fuera los nombres y apellidos de los candidatos y hacer constar solo las denominaciones de los partidos acompañadas de dos recuadros, uno para el voto a favor y otro para el voto en contra. Para votar, bastaría con poner un aspa en el recuadro de nuestros amores o de nuestros odios. Y listo. Y encima nos ahorraríamos dinero.

Sí al voto en contra. Todo son ventajas.